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En una tarde con lluvia ligera e intermitente y con aproximadamente dos mil personas en los tendidos de La México se lidiaron seis novillos de La Guadalupana que han acusado mansedumbre y flojedad en términos generales. En cuanto a presentación aunque en tamaño no han sido chicos, sí han carecido de trapío.
César Ibelles: al tercio con protestas y al tercio por su cuenta con protestas Antonio Lomelín: al tercio tras dos avisos y palmas Ricardo Frausto: palmas tras un aviso y vuelta
 El hidrocálido perdió la oreja por un espadazo abajo ¡Uno, dos, tres, que ch.... su madre el juez! Ese era el grito de guerra del tendido mientras Ricardo Frausto daba la vuelta al ruedo al finalizar el festejo. La frase equivaldría, en el caso de España, por ejemplo, a mandar al presidente a tomar por..., al no haber soltado la oreja para el novillero hidrocálido.
La labor de Frausto, en la que ahondaremos enseguida, podría haber conquistado el apéndice, sin embargo, el espadazo entero quedó muy caído. No fue un chalecazo, cierto, pero lo suficientemente abajo para ser un argumento irrebatible para la no concesión de la oreja. La bronca al juez de plaza (presidente) tenía su base en el gusto del público y en el reglamento, con aquello de que la primera oreja ha de otorgarse si existe una petición mayoritaria.
En los pueblos, en otras plazas, estos detalles -tan importantes, dicho sea de paso-, se minimizan o se ignoran, incluso al novillero le hubiesen dado hasta las dos orejas, pero esta era en La México. Aún, hoy en día, existen aficionados que antes que amargados o intransigentes, desean que esta plaza conserve o recupere la categoría que merece y pregona. Para ello, se considera que una oreja en la Plaza México debe ser otorgada al cumplir en alta escala todos los aspectos de la lidia, incluyendo, sin falta, la suerte suprema.
Esos aficionados no empequeñecen la labor del torero, ni le quitan "ambiente" al mismo, o a la temporada, por el contrario, en todo caso, esa exigencia está también encausada como un aliciente para evitar la comodidad y las complacencias que provocan estancamientos en la evolución de los noveles. Este grupo, quizá minoritario, pretende que, así como de la mano de otros antecesores aprendió y comprendió a dimensionar lo que otorga la tan aludida grandeza de la fiesta, pueda compartirlo para ser asimilado por los sucesores de los tendidos.
Y, aunque la bronca al juez, que seguro no fue fácil de aguantar, pueda, además de acarrearle algunos otros improperios, llevarse los titulares, tuvimos sucesos más interesantes en la novillada que contar.
Una de las sensaciones más importantes que deja la presentación de Ricardo Frausto es que así es como debe venir un novillero a presentarse a esta plaza. Si bien, como es lógico, el camino andado es aún muy corto, se agradece ver a un novillero preparado en cuanto a rodaje, técnica, concepto y desde luego con la actitud necesaria para ello. Con el primero de su lote débil, sin pelear en varas y con menos para la muleta. No obstante, el joven hidrocálido tras verse superior en los lances de recibo, se echó el capote a la espalda para quitar por gaoneras.
Tras brindar a la concurrencia, intentó por todos los caminos y, aunque hagan falta recursos para lidiar con la falta de casta, no deja de ser la antítesis.
Con el sexto, el torero salió como con la mente despejada en relación al comportamiento que había tenido más de la mitad del encierro. Con la capa no dejó ir el quite, chicuelinas combinadas con tafalleras, y con la muleta, aunque le costó mucho encontrar el sitio, quedó manifiesto que posee y ha podido desarrollar una buena idea del toreo. A lo largo de la faena, parecía esperar el consejo desde el callejón, pues quedan aspectos técnicos para madurar, alcanza a esbozar ya una buena relación con el toro y los tendidos.
Aún bajo los escombros de un encierro del que se esperaba mucho más, tuvimos un huequito que se convirtió en una claraboya. La docilidad, la fuerza y la bravura minimizadas en alto grado, fueron convertidas por Antonio Lomelín en un toreo que cala muy hondo.
Toreó a la verónica con ritmo, equilibrio, reposo, con libertad. En el quite por chicuelinas Lomelín reiteró que posee la magia, y la faena de muleta ha conjugado muchísimo. El valor y el tiempo de los verdaderos toreros.
La embestida soñolienta fue transfigurada en una renuncia del tiempo con muletazos absolutamente lentos. Obligar a un toro a embestir pocas veces puede hacerse de manera tan sutil y compelerlo para ir más allá de su voluntad sólo lo logra la súplica de la muñeca desquebrajada por el temple y el mando.
Manoletinas de buena planta como primer ribete de un trasteo bien estructurado. Y si el hubiera existiera, tal vez, Antonio Lomelín no habría pinchado en tantas ocasiones que hasta perdimos la cuenta.
El quinto le exigió otras credenciales. Poco para el lucimiento, la belleza, pero sí para firmar con la mano que con el paso del tiempo se convierte en el pozo de la sabiduría.
El primer tercio para César Ibelles en los dos de su lote no es para olvidar, sino para recomponer por completo. Sin idea alguna que no fuera la necedad de querer esos lances de cartel, antes que enseñar a los novillos a embestir.
Con la muleta se fue componiendo. El primero fue un manso al que no terminó por ganarle el juego. El toro huía a la zona de tablas y el torero que traerlo de vuelta a los medios. Aún con los defectos del astado, el bagaje de este novillero exigiría haberse visto muy por encima.
El cuarto pintaba para ser el peor. Luego de darle al menos cincuenta capotazos en los dos primeros tercios, tirar coces y evadir el puyazo, terminó por embestir con voluntad y cierto lucimiento en los medios. Ibelles alcanzó así a gustarse en varios muletezos, pero el toreo no acaba ahí. Hay que mandar verdaderamente en todas y cada una de las embestidas de los toros, terminar cada muletazo y construir así tandas de absoluta consistencia. Reprochable que tras el arrastre sin ser llamado por las palmas, el torero decida salir al tercio para ganarse ese apunte en el resultado.
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