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24/04/2016
  (Riobamba-Ecuador) Dos orejas corta Enrique Ponce y una López Simón en la segunda corrida de la feria “Señor del Buen Suceso” (Crónica completa)
 
Firma: María Zaldumbide
 
     
 

Alarmante estado de la cabaña brava ecuatoriana. La corrida pudo ser un concurso de ganaderías; se lidiaron toros de “Santa Coloma”, “Campo Bravo”, “Huagrahuasi”, "Triana” y “El Pinar”, todos con distintos niveles de mansedumbre.

Sebastián Peñaherrera: un rejón de castigo. Su turno, llegará mañana.

Enrique Ponce: plaza en pie, sonoros aplausos; saludo desde el tercio y dos orejas.

Mariano Cruz Ordóñez: Palmas escasas y pitos

López Simón: palmas y oreja.


Enrique Ponce. Foto archivo

Hay cosas que no pueden, ni deben ocurrir en una plaza de toros; la Fiesta es un rito centenario que, tiene que mantener su pureza; de no hacerlo, corremos el serio riesgo de comenzar a dar la razón a sus detractores.

El juego de los toros es impredecible, estamos seguros de que los ganaderos han invertido mucho tiempo, esfuerzos y dinero en su ganadería; pero ni ellos, sabiendo las reatas de las que viene cada toro; pueden garantizar el juego que darán sus animales en el ruedo.  Lo de hoy es, únicamente, una prueba de que la Cabaña Brava ecuatoriana, necesita una renovación de sangres.

El iniciar la corrida con cerca de veinte minutos de retraso es una falta de respeto al público que, se dio el trabajo de llegar puntual a sus localidades.  Máxime si, fuera de la plaza no había fila para entrar.

La rigurosidad a la hora de los avisos debe regir para todos los alternantes, es una falta de coherencia el ser puntillosos con los extranjeros y, tener “el reloj parado”, para el torero de la tierra.

La música, así se caiga la plaza; no puede ser tomada como una manera de “entretener” a los asistentes; ¡es y tiene que ser, el primer premio a una buena faena!.

No es presentable que tras echar atrás el toro del rejoneador, se anuncie por megafonía que se corría el turno del rejoneador al final de la tarde y, se apaguen las luces cuando aún el matador López Simón no había terminado su vuelta al ruedo, para sólo entonces, informar que el turno del rejoneador se dejaba para mañana.

La tarde comenzó con el turno del rejoneador nacional Sebastián Peñaherrera, con un toro de justa presentación que se acunó en tablas desde que salió por la puerta de los sustos.  Peñaherrera logró clavar un único rejón de castigo.

Ante la impaciencia del público, la Autoridad devolvió el toro a los corrales y comenzó un viacrucis eterno para tratar de sacar ese manso de libro, de la plaza.  En cuanto veía un capote se repuchaba y se acunaba en tablas.

El sobresaliente tuvo un papel deplorable, tras un pinchazo, cuatro descabellos, dos o tres puntillazos y veinte minutos de agonía, lograron enlazarlo por los pitones y llevarlo.  Esos son los hechos imperdonables de la fiesta, los que dan argumentos a los “antis”; cosas que simplemente no deberían ocurrir.

El primero de Enrique Ponce, del hierro de “Campo Bravo” dio esperanzas con su entrada alegre, con muchos pies y, rematando en tablas; pero eso fue prácticamente todo.

No permitió lucimiento con el capote, saliendo siempre con la cabeza sobre la esclavina, con las manos por delante; defendiéndose.

En el caballo se rajó hasta cuatro veces, luego; puso en aprietos a los banderilleros y se dolió en banderillas.

Ponce le instrumentó una faena muy técnica; las tandas fueron cortas, el toro no permitía más, la voluntad y la seguridad de Ponce lograron meter al público en el amago de faena logrado, ante un amago de toro.

Todo lo puso Ponce, la calidad, el temple, el tesón, el mando; pero, cuando no hay oponente todo termina por diluirse.  Un pinchazo y una estocada certera terminaron con el primero de lidia ordinaria.

Su segundo, de “Triana”, entró con muchos pies y aunque fue poco fijo de inicio; Ponce logró un precioso ramillete de verónicas que esperanzaros a los asistentes.  En varas cumplió, sin más.

Ponce no pudo hacer una faena estructurada, la embestida poco franca y la falta de humillación del toro no permitían que bajara la muleta.  El toro terminaba siempre con la cabeza por encima del estaquillador, complicando la labor del torero.

Basó su faena en mucha técnica, en torear sin toro; dándole tiempos hasta lograr que pasara por su poderosa muleta. Quizá lo mejor fueron los dos pases “del desdén” que precedieron a tres molinetes de adorno.

Logró una estocada hasta los gavilanes, que bastaron para que doblara pero, lo levantó el puntillero.  Al segundo viaje, logró dar fin con ese toro complicado, al que solo la muleta poderosa de Ponce y sus veinte y cinco años de alternativa pudieron dar la mínima lidia.

La petición de oreja fue clamorosa, una vez más; principalmente con la voz.  La Autoridad concedió dos.

Mariano Cruz Ordóñez, demostró que, ¡la falta de rodaje es dramática para los toreros!  En su primero, justo de presentación logró un buen recibo de verónicas y llevarlo al caballo por chicuelinas.

En varas se durmió en el peto, sin pelear, sin emplearse.

Brinda al cielo, evidentemente a los damnificados del terrible terremoto que sufrió la costa ecuatoriana exactamente hace una semana.

La faena no tuvo ligazón por la mano derecha; fue un mero desgrane de muletazos aislados que, no estructuraron nada, ¡sin embargo, sonó música!.

Por naturales fue aún peor.  No se confió en ningún momento, toreó por piernas sin continuidad, sin estructura. La faena; obviamente, se diluyó.

Tras tres pinchazos y una estocada casi entera, delanterita; logra dar fin al primero de su lote.

El quinto fue un toro con cuajo, con años, con cara de “hecho”, sobrepasó los quinientos quilos, perteneció al hierro de “Huagrahuasi”,  de impecable presentación al que Cruz Ordóñez recibió con una larga cambiada al hijo de tablas y al que propinó hasta cuatro verónicas de calidad.

En varas mete riñón pero, no termina de humillar; rajándose hasta cinco veces y sin recibir una sola vara en sitio propicio.  El toro, tras un eterno tercio de varas quedó intacto, pinchado en varios sitios pero; sin una sola vara.

Enseguida se refugió en tablas y poco más hizo o, pudo hacer Mariano Cruz Ordóñez, que; en la faena de muleta estuvo descentrado, sin plantar pie.  Necesitó de tres pinchazos poco hondos, uno algo más hondo; todo esto sin que sonara el aviso a pesar del tiempo transcurrido en una sosa y poco firme faena.  Cuando por fin llegó el aviso, pinchó dos veces más, al salir apretado del último intento huye, cayéndose en el intento, con la suerte de que el toro; no hiciera por él.

El segundo aviso debió llegar antes de los dos últimos pinchazos del torero de la tierra, pero; evidentemente en el Palco, se dañó el reloj y, siguió sin sonar tras los repetidos intentos de descabellar.

Todo  terminó en sonoros pitos al toro y silencio para el torero.

López Simón enfrentó en primer lugar un ejemplar de “Huagrahuasi”, bien presentado y poco más. López Simón apenas si logró darle dos tres verónicas. En varas apenas cumple.

Tras brindar al cielo comenzó la faena firme como una vela, por derechas logrando tres tandas de mucho temple que bastaron para acabar con el toro.  Perdió gas, tranco; sin permitirle la más mínima exigencia; por lo que la faena fue toda a media altura.

Por naturales tenía aún menos recorrido por lo que vuelve a la mano derecha logrando humillarlo y conseguir así;  los muletazos más importantes de la faena; con la muleta desmayada.

Al toro hay que reconocerle la nobleza.  A López Simón la sapiencia y el espectacular manejo de los tiempos muertos, muchos; dada la condición del toro.  La raza y la casta la puso el torero logrando meter al público en la faena al extremo de que se llegara a pedir el indulto.

La autoridad, afortunadamente, no concedió el absurdo.  La confusión creada por la petición de indulto, probablemente descentró al torero que se lanzó a matar sin convencimiento; necesitó de cuatro pinchazos, un aviso, un quito más hondo que logró que el toro doblara, desgraciadamente; solo para que el puntillero lo levantara.  Necesito de dos descabellos, el puntillero vuelve a fallar. Por fin el toro dobla y todo queda en palmas.

El segundo de López Simón fue de “El Pinar”, con más traza de novillo que de toro que, entró con muchos pies y al que recibió con hasta cinco preciosas verónicas.

En varas cumple, durmiéndose en el peto del que salió para acunarse en tablas, cuando intentó sacarlo sus embestidas fueron rebrincadas, defensivas con las manos por delante y la cabeza siempre por arriba del estaquillador.

Fue una faena de voluntad, de tesón, de entrega; pisando terrenos inverosímiles, exponiendo y poniendo el pecho en cada muletazo, más bien; medio muletazo que lograba exprimir.

La gente supo comprender la voluntad y esfuerzo de López Simón  y la faena fue premiada con una oreja, que creemos era un premio a su entrega en los dos toros de su lote.

Se pitó al toro en el arrastre.
 

 
     
   
     
   
     

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