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19/03/2017
  (Ciudad de México) Golpe en la mesa de la bravura tlaxcalteca de Piedras Negras en su regreso a La México. Antonio Romero herido grave
 
Firma: Jorge Eduardo
 
     
 

Segunda corrida del serial primaveral Sed de triunfo en la Monumental Plaza de toros México. Se lidió un encierro de la legendaria ganadería tlaxcalteca de Piedras Negras, cuya divisa negra y roja reapareció en la Monumental tras veintidós años. Toda la corrida tuvo trapío, algunos por su hermosa lámina, y otros por su cuajo y catadura. En cuanto al juego, cuatro toros fueron bravos y encastados. El primero complicado y volviendo pronto; el segundo más claro; el cuarto empleándose con calidad y emotividad; mientras que el quinto fue un toro de bandera, muy fuertemente ovacionado en el arrastre. El tercero fue un manso noble, y el sexto un toro con menos fondo. Asistieron unas dos mil quinientas personas en tarde soleada y muy agradable, aunque con viento intermitente. El jurado conformado por las porras ligó su segundo petardo consecutivo designando a Antonio García para matar al quinto toro. Mario Aguilar hizo lo propio con el sexto. Actuaron los siguientes matadores de toros encabezando a sus respectivas cuadrillas:

Antonio García “El Chihuahua: pitos, pitos tras dos avisos en el que mató por Romero, y bronca tras aviso.

Juan Fernando: división de opiniones tras dos avisos.

Mario Aguilar: palmas tras aviso, y silencio.

Antonio Romero: herido mientras lidiaba al cuarto de la tarde.

Se guardó un minuto de aplausos en honor a distintos taurinos perecidos esta semana: los matadores de toros Jesús Solórzano y Mauro Liceaga, el monosabio Gabriel Zepeda, y el ganadero Jorge Barroso.

Antonio Romero sufrió un percance que constó de una voltereta, una dura caída de lado en la que azotó fuertemente su cabeza, y una cornada grave en la zona anal. El parte médico es el siguiente: Cornada grave ano rectal, profunda, que desgarra desde el esfínter anal hasta el colon; aún no se puede determinar la profundidad de la cornada, pero es grave y pone en peligro la vida. Será trasladado al Hospital Mocel para ser atendido por el cuerpo médico y un cirujano de colon y recto.


Foto: Nadlleli Bastida

El ganadero, Marco Antonio González, recibió una ovación desde el tercio tras la muerte del quinto toro, y dio la vuelta al ruedo al finalizar el festejo.

Golpe en la mesa de la bravura de Piedras Negras.

A todas luces es claro que la fiesta de toros se enfrenta a un contexto complejo que requiere de la implementación de soluciones innovadoras y profesionales para salir adelante. Pero no podemos considerar que la conformación de este panorama un tanto adverso sea achacable únicamente a la confluencia de factores externos en oscuro complot contra la fiesta. No señor, la tauromaquia no ha puesto de su parte para defenderse. Se ha agotado a sí misma conformando cuadros nocivos para el buen desarrollo de un espectáculo que pertenece a las masas, y se ha mutilado a sí misma buscando la comodidad para sostener el statu quo de estos cuadros.

Solo en este contexto es comprensible que los pilares del toro bravo en México estén borrados del circuito de plazas de primera categoría en México, o que muchas ganaderías madres hayan desaparecido. De otra forma es incomprensible que Piedras Negras tardara veintidós años y algunos días en volver al máximo escenario del toreo en México. Solo con este panorama bien claro, en el que priman cientos de intereses por encima de lo taurino, tan vano y torpe cada uno como el que le antecede, es como queda claro que la organización gangsteril que tuvo en sus manos el coso de Insurgentes hasta mediados del año pasado omitiera sistemáticamente al hato piedrenegrino en sus derechos de apartado.

TauroPlaza México tuvo el acierto de echar pa’lante con un pendiente rotundo de la tauromaquia en México en el nuevo siglo. ¿Se imagina usted una feria de Sevilla sin su cerrojazo con la corrida de Miura?, ¿O dos Sanfermines consecutivos sin el mismo hierro?, ¿Recuerda la indignación de la afición madrileña tras la proplongada ausencia de los astados de Zahariche en Las Ventas? Pues Piedras Negras no volvió hasta que estuvo bien puesta en marcha esta renovación empresarial, que redundó en una temporada interesantísima (aunque un poco naive) que rompió con la incesante monotonía que arrastraba el proceso anterior.

Entre esos detalles que hoy quiero entender como novatada de la empresa se encuentra la designación de Antonio García “El Chihuahua como torero... ¿Triunfador?... ¿Destacado?... ¿Menos pior?... que habría de lidiar al quinto de la tarde. El formato falló por segunda semana consecutiva cuando el cuerpo colegiado de la academia de porras de la Plaza México ungió, con total discreción y quién sabe cuánto dolo o algo peor, al torero norteño. El grave problema es que Antonio no estuvo ni medio cerca de ser el menos pior de los cuatro actuantes en el cartel. O se aclara el asunto de los criterios de elección, o la buena intención de premiar a los actuantes destacados del cartel se irá al caño. Si las personas de las porras no pueden con la responsabilidad, si no merecen la confianza, pues habrá que pensar en otros jurados.

Haciendo el recuento de los daños queda claro que, ya viéndolo con benevolencia y escrutando asistente por asistente, El Chihuahua quizás habrá dividido las opiniones tras lidiar al primero de la tarde, el precioso cárdeno Legendario –n. 503, 481 kg.- bravo y volviendo pronto aunque sin hacer hilo, al que lidió de más o menos. Inició doblándose con mando, pero terminó desdibujándose entre indecisión, y hasta un poco traicionado por su valor. Lo que exacerbó el reproche de la concurrencia, más que las comprensibles dificultades de estar ahí enfrente, fue el arsenal de payasadas que poco a poco colmaron al tendido.

Y es que después de brindar dos veces al público y acabar poniéndose la montera porque cayó con los machos hacia arriba, el acto de volvérsela a quitar en medio de su desesperación fue el acabose. Le cayeron encima con fuerza después de aplaudirle en las banderillas, que colocó con más espectacularidad que buen hacer. Mató de estocada caída eficaz, y al sangrar el toro por los belfos vino otra carretada de pitos. Palmas en el arrastre al toro. García se las volvió a ver con el cuarto, que mató por el cornado Romero, ya resabiado por todo el tiempo que estuvo en el ruedo sin que se le diera tela, y se vio rotundamente incapaz. Pitos y dos avisos.


El Chihuahua, tarde difícil e inmerecido premio

Esta destacada actuación le pareció premiable al jurado, por lo que echaron al torero más rodado del cartel, con 19 corridas toreadas en 2016, 34 en 2015, y 23 en 2014, a vérselas con el toro de la temporada. Agradecido –n. 511, 522 kg.- espectacular cárdeno oscuro, y descarado por delante, un auténtico pavo. De juego resultó el más bravo de los seis: codicioso, brioso, con recorrido, pronto, humillado, en resumen, pues, magnífico. El del estado grande planteó una faena a corta distancia, muy encima del toro, que al repetir con prontitud encontraba al torero mal colocado y con necesidad de reponerse.

La asistencia, ya de por sí azuzada contra el torero, explotó en sonoros gritos de ¡Toro, toro!, que calaron fuerte en el ánimo del torero. Para cuando por fin terminó, el reconocimiento que obtuvo al abrirse de capa por lances, al quitar por zapopinas, y poner banderillas, se desdibujó en favor de un abucheo severo. Al juez Enrique Braun le pasó de noche un merecidísimo arrastre lento, pero no a la afición que exigió al ganadero Marco Antonio González salir al tercio tras la lidia de este quinto de la tarde. Hubiese sido interesantísimo ver a un muchacho con más planta, formas, y concepto de torero, como Romero o el propio Juan Fernando, arreglándoselas con ese toro. Pero la academia taurina decidió otra cosa.

Juan Fernando, originario de Monterrey, con cuatro corridas estoqueadas en dos años, y la mitad de ellas en la Monumental capitalina, tuvo una actuación digna ante otro precioso y bravo negro. Astillero –n. 504, 497 kg.- pidió los papeles de profesional toda su lidia, en la que bregó destacadamente Sergio González. Le dieron a pasto en la única entrada al caballo que tuvo, sangró hasta los cuartos traseros, y aún se desplazó con fuerza durante toda su lidia. El regiomontano estuvo donde era preciso que estuviera, firme, serio, metiendo en la muleta a un toro que en un principio parecía no tener lidia en redondo y por abajo. La falta de temple y mando no restan un ápice al mérito de una labor con sabor a misión imposible para un joven torero parado. Se complicó con el acero y escuchó dos avisos, no obstante los cuales pudo ser considerado para lidiar al quinto de la tarde.


Juan Fernando un torero con condiciones

Reapareció el hidrocálido Mario Aguilar (10 festejos en 2015, 4 en 2016), por primera vez fuera del derecho de apartado. Y lo cierto es que aquel joven que tantas esperanzas despertó atraviesa un severa crisis de raza, de corazón, de actitud. Es terrible verle bordar el toreo, y después caer en la displicencia. Y es que al suave, claro, y noble Ranchero –n. 493, 465 kg., cárdeno claro- le enjaretó una tanda de naturales soberbia, ligada, larga, reposada, estética, sabrosa, en la que Aguilar ciertamente se sintió torero. El último, rematado detrás de la cintura con los vuelos de la muleta fue un auténtico portento. Cuando el matador volvió a la cara del toro le permitió sosear y hasta ahí quedó la faena, con el torero contagiado. Con la espada le cayeron dos avisos. Cabe señalar que este toro manseó en el tercio de varas.


Mario Aguilar, poco de lo bueno

Manda más –n. 517, 465 kg.- fue un verdadero cromo de. Un toro con estampa de Pablo Romero, cárdeno claro, bien puesto, de cepas finas, abierto de sienes, curva fina, palas largas, y astifino como él solo. Ni mandado hacer le sale a cualquier ganadero un toro más bonito. Tristemente fue también el menos de la corrida, e incluso se echó. Mario Aguilar, segundo seleccionado por el jurado, poco pudo hacer, aunque tampoco hizo mucho por ponerle sabor a su labor. En cuanto el toro se paró el aguascalentense se tiró a matar al único de los seis cornúpetas que recibió algún pito en el arrastre, aunque más de uno, volcado ya con la corrida, lo aplaudió.

Los contrastes de la fiesta los vivió en carne propia el zacatecano Antonio Romero, que en una actuación como novillero y otra como matador de toros había quedado incógnito en esta plaza. No obstante, esta tarde se destapó luminosamente en una breve labor, tesonera y capaz, mostrando inteligencia y buen dominio de la técnica, consiguiendo templar la embestida de un toro potable, emotivo, al que templó por ambos pitones logrando pases de mucho calado en el tendido, de aquí hasta allá. Por el derecho extrajo los pases con más dificultad, pero con el izquierdo ligó una estupenda tanda de naturales rematada con afarolado ligado con el de pacho aguantando una enormidad.


Antonio Romero se estaba entendiendo con Caporal...

Ya entrado en confianza, puesto que el toro le permitió péndulos, girar en el martinete, y perderle la cara en el afarolado, intentó integrar algún otro adorno en la faena. Citó entonces por derecha para hacer un cambio de mano por detrás que el toro ya no se tragó, se le había quedado ya un poquito corto por ese lado, y lo mismo ocurrió antes de cambiarse la muleta. El toro se quedó con él, y al intentar embarcarlo con la mano izquierda apenas se paró, el matador adelantó la suerte, el toro vio luz y le derrumbó, azotando fuertemente con la cabeza de lado. Ya en el suelo el Piedras asestó el golpe seco que resultó en la grave cornada en la zona del recto cuyo parte médico ofrecimos líneas arriba. Dada la gravedad de la cornada, el matador, ovacionado camino a la enfermería, ya no pudo salir, por lo que el primer espada obró como ya reseñamos. El toro se llamó Caporal –n. 522, 526 kg.-, ovacionado en el arrastre.


...pero vino el drama

Así se desarrolló la lidia de los seis toros de Piedras Negras, una corrida en la que, como en todas, no pueden salir seis toros iguales. Muy felizmente, vimos un marco amplio de comportamientos bravos, exigentes, y atractivos para el que deja su dinero en taquilla. Incluso los toreros, que han satanizado al legendario hierro de la familia González tuvieron oportunidad de lucir prácticamente con cinco de los seis que se lidiaron. Si los matadores no pudieron, bien por falta de recursos, por falta de sitio, por un maldito descuido, o incluso por exceso de oportunidades, no es problema de la corrida. Lo que no deja lugar a dudas es que vimos la única corrida (de diecinueve) que podría premiarse como mejor encierro.

Suponemos que este éxito, esta rotundidad, este triunfo del toro y la bravura debería abrirle la puerta a Marco González para enviar sus toros al derecho de apartado de la próxima temporada. Seguramente los de la media plaza, el toro chico, y el billete grande podrían cortar un buen número de peludas a un encierro como este. El inusitado cariño que la afición de México tuvo para con la corrida, el encierro, la ganadería, los bonitos detalles como colocar la divisa sobre el letrero que anuncia a los toros, y el reconocimiento que se ofreció al ganadero tras la muerte del tercero hicieron de la tarde una de culto al toro bravo. La vuelta al ruedo del ganadero, triunfal, fue el gran colofón a una tarde para el recuerdo.

Ahora falta que los toreros que estén arriba se tomen con seriedad el compromiso de estar donde están y se enfrenten a estos toros en México. Veinte nombres podrían encumbrarse, acarrear gente, llenar las plazas, reavivar el interés por los toros si rompieran el cartabón de la monotonía, de regurgitar una y otra vez lo mismo. En México no estamos acostumbrados a la bravura, por lo que la división de opiniones legítimas entre aficionados, profesionales, y periodistas ha surgido en estas horas.

Pero tristemente pareciera que a más de uno le pisa los callos y le revuelve el estómago que el toro de Tlaxcala esté bien, empezando por uno por ahí que se las da de muy duro y portavoz de la afición. ¿Será que se quedó esperando su sobre? Quién sabe. Yo me quedó con lo que vi, con lo que sentí, y con lo que creo firmemente que podría detonar una época de bonanza para nuestra fiesta tan venida a menos. Y si no que le pregunten a las más de dos mil personas que aplaudieron al ganado en el arrastre si volverían a pagar por ver una corrida de este hierro.

*Fotos: Luis Humberto García "Humbert".   

 
     
   
     
   
     

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