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17/12/2017
  (Temporada Grande-México) Andy Cartagena y Juan Pablo Sánchez tocaron pelo mientras que Fermín Rivera escuchó tres avisos. Torreón de Cañas, imponente presencia pero poca casta
 
Firma: Jorge Eduardo
 
     
 

Quinta corrida de la Temporada Grande 2016-17 en la Monumental Plaza de toros México. Ante unas cinco mil personas en tarde agradable se lidiaron dos toros de rejones de José María Arturo Huerta, discretos de presentación, nobles y con movilidad, el primero fue premiado con el arrastre lento. Completaron la corrida cuatro toros de Torreón de Cañas, muy bien presentados, sobre todo los que hicieron segundo, tercero, y sexto. En cuanto al juego fueron descastados y sosos, muy a menos tras del primer tercio. Actuaron los siguientes matadores de toros:

Andy Cartagena: ovación tras aviso, y oreja protestada.

Fermín Rivera: palmas tras aviso, y pitos tras tres avisos.

Juan Pablo Sánchez: oreja, y palmas.


Juan Pablo se justificó con otro ganado

Mientras que Andy Cartagena desplegó su tauromaquia, Juan Pablo Sánchez salió como un perro de presa a defender su sitio, y Fermín Rivera firmó una tarde desconcertante ante una plaza que lo ha adoptado como propio. La corrida de Torreón de Cañas cumplió con creces en el ámbito en el que levantó más expectativas desde su anuncio: el del trapío. Sin embargo, les faltó la casta necesaria para conservar las buenas cosas que apuntaban de salida durante toda la lidia.

Los dos toros de rejones de José María Arturo Huerta se dejaron en términos generales, aunque con bastante más nobleza que bravura. El primero, Turronero –n. 248, 521 kg.–, acudió a los embites del caballista valenciano sin emplearse gran cosa. Andy Cartagena gustó sobre todo clavando al quiebro, suerte que bordó en dos ocasiones, tras de una atinada lidia, templando mucho la sosa embestida del negro bragado. Mató tras de repetidos pinchazos y se retiró ovacionado. El juez Enrique Braun premió con arrastre lento a este ejemplar, por razones que solo él sabrá.

Cinco Jotas –n. 199, 513 kg.– embistió más emotivo a las cabalgaduras de Cartagena durante casi la mitad de su lidia. Desafortunadamente, vino muy a menos tras de la segunda banderilla, de la que se dolió mucho. Hasta ese punto el de Benidorm había estado muy serio, templado, y emocionando al tendido. Lució de sobremanera montando al tordillo Iluso, sobre del que toreó al estribo completando casi dos vueltas al ruedo, y después dio los terrenos de adentro con la grupa en pleno viaje. A toro parado vinieron las florituras de la extraordinaria cuadra de caballos, aunque ya mucho más de cara a la galería que al toro. Sobresale, naturalmente, el ahora polémico caballo Humano y su paso sobre las patas traseras. Mató de dos pinchazos y rejonazo. Se pasó de desplantes exigiéndole al juez una oreja con el caballo echado, misma que consiguió con pitos del respetable.

El mano a mano a pie quedó bastante cojo con la mala tarde de Fermín Rivera, torero muy de la Plaza México, que apenas y esbozo su tauromaquia con el primero de su lote. Ciertamente, el de mejor juego de los de Torreón de Cañas fue Garrochista –n. 201, 516 kg.–, precioso aldinegro, delantero vuelto de mucha plaza, que hizo el avión durante el primer tercio. Embistió con cierto recorrido a los engaños del potosino, que lo templó con la mano derecha, alargando el trazo, y luciendo roto y muy torero, como es su costumbre. Con la izquierda no pudo acomodarse, y la faena perdió continuidad conforme el toro perdió recorrido. Ahí quedaron también los trincherazos, desdenes, y otros pases por bajo que bordó Rivera.

Desafortunadamente sus fantasmas se le presentaron pronto en la tarde. Tirarse a matar fue un galimatías, pues su técnica es deficiente. Invariablemente deja el brazo derecho estirado, y el estoque llega al morrillo mucho antes que la muleta a los belfos del animal, quedando el torero sin posibilidad de pasarse. En consecuencia, pincha y se sale de la suerte una y otra vez. Un aviso escuchó con Garrochista, y tres con León de Orduña –n. 233, 528 kg.–, forzando de más la tremenda paciencia de La México para con él. Este quinto toro solo quedará para el recuerdo por el homenaje al llorado Iván Fandiño, pues de juego fue malo, parado y soso, muy a contraestilo del concepto largo de Fermín.

Juan Pablo Sánchez, en contraste, no se dejó ganar la partida en ningún momento. Acostumbrado al cobijo del establishment taurino, ahora el hidrocálido tiene que vérselas con otro toro y con otro trapío a consecuencia del cambio de estatus de sus familiares en el organigrama del emporio taurino de la familia Bailleres. El torero no se ha quedado corto ante el compromiso de sobresalir a pesar de las circunstancias. A su tauromaquia le van mucho mejor los toros más parados que a la de Rivera, lo que quedó claro durante la lidia del precioso Alabardero –n. 149, 521 kg.–, aldinegro como el segundo de la tarde, pero más descarado de pitones. Bonitos doblones precedieron al acortamiento de las distancias, muy en la línea, obligado por la debilidad del burel.

A pesar de lo rebrincado y deslucido, Juan Pablo pudo trazar derechazos muy templados, extraídos de uno en uno, entregado y exponiendo. El climax de la entrega vino en la estupenda estocada del de Aguascalientes, llegando con la mano al pelo mientras que el serio toro le apuntaba con ambos pitones, uno en el pecho y otro en una axila. La mucha verdad y la excelente ejecución del espadazo le valieron el corte de una oreja con poco margen de discusión.

El último de la corrida, Amparador –n. 276, 548 kg.–, otro toro muy serio, con bonitas hechuras para embestir, acabó por mentirnos a todos. Tal como el primero de sus hermanos, se empleó con emotividad y buen estilo en los capotes, para acabar parándose. La diferencia principal recayó en el sentido que imprimió de riesgo a su lidia, pues se vencía y volvía muy cortito. Juan Pablo Sánchez tuvo el acierto, motivado por su valor, de estar en el sitio con muchísima actitud y seriedad, con una firmeza que causa admiración, quitándose varias cornadas de encima después de un feo derrote que no lo caló de milagro. Mató tras de pinchar y se retiró de la plaza fuertemente ovacionado.

La mala nota la dio la incapacidad de las autoridades y el personal de la plaza para actuar con acierto y celeridad para devolver a los corrales al quinto de la tarde tras de los tres avisos. El toro dobló antes de que se decidieran a sacar a los cabestros o apuntillarlo, exhibiendo los viejos vicios y deficiencias que subsisten a pesar del cambio de administración. El próximo domingo se las verán con un encierro de Rancho Seco los espadas mexicanos Fabián Barba, Gerardo Adame, y Antonio Romero, que reaparece en Insurgentes tras de la tremenda cornada que le pegó aquel toro de Piedras Negras al que estaba bordando.

 
     
   
     
   
     

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