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21/01/2018
  (Temporada Grande-México) Roca Rey sigue sin encontrarse con La México con todo y regalos. Luis David Adame, una oreja
 
Firma: Jorge Eduardo
 
     
 

Décima corrida de la Temporada Grande 2017-18 de la Monumental Plaza de toros México. En tarde-noche fresca y con ráfagas de viento, se reunieron unas quince mil personas en los tendidos del embudo. Saltaron a la arena ocho toros, siete de La Joya, uno, el octavo, de regalo; y uno, el séptimo, primer regalo, de Xajay. Bien presentados todos, quizás apenas por debajo el primero de la tarde. En cuanto al juego, los primeros tres y el octavo se desplazaron con distintos matices. Por su parte el cuarto desclasado y sin bravura, el sexto soso y parado, y los que hicieron quinto y séptimo fueron ásperos y peligrosos. Partieron plaza los siguientes matadores de toros:

Diego Silveti: silencio tras aviso, silencio, y palmas en el de regalo.

Andrés Roca Rey: división de opiniones tras aviso, pitos, y palmas en el de regalo.

Luis David Adame: división de opiniones, y oreja.

Destacó en varas David Vázquez, picando al quinto de la función.


Luis David Adame fue el único que paseó un trofeo

No cabe la menor duda de que la Plaza México enfrenta una crisis. Sin embargo, tal parece que, más allá de las entradas y la presentación del ganado, en plena época del intercambio digital, poco se atiende a las potenciales razones más profundas del asunto. Y es que la corrida de este domingo nos ofrece un panorama poco alentador: vimos a las cartas fuertes del establishment taurino en lo que a caras jóvenes se refiere, y ninguno salió sin algún rasguño del coso monumental.

Es decir, la renovación generacional, la savia nueva que proponen los grandes grupos empresariales de nuestra fiesta, no han pisado con fuerza en la Monumental. En un caso casi exagerado, un torero que está en figura en cada punto del orbe taurino, no puede firmar una actuación rotunda en La México desde su confirmación. Muchos matadores que triunfan feria tras feria se estrellan en Insurgentes, como Roca Rey, o Ginés Marín esta misma temporada. ¿Es pura mala suerte o hay una explicación de fondo subyacente? ¿Es cosa de malos farios y hierberos, o es una cosa razonable de la fiesta brava?

El primer espada del festejo, Diego Silveti, fue parte importantísima de la primera avanzada de jóvenes matadores que refrescó un panorama bastante monótono a principios de esta década. Sin embargo, a Diego le llegó su techo muy pronto. Una faena de sentimiento, desbordada, de profunda transmisión, rota el alma, y roto el corazón: fue el 11 de diciembre del 2011, con el inolvidable Charro Cantor de Los Encinos. Desde entonces el hijo de David ha atravesado por un doloroso proceso de autodescubrimiento, de racionalización de aquella pasión que lo llevó a alturas, y que hoy está más que diluido en un viejo recuerdo.

Felizmente vimos a un Diego Silveti desapegado de aquel cartabón de entrega forzada que tanto le costó. Sin el tremendismo de una época, hizo el toreo en redondo suave y terso ante el primero de La Joya, Caporal –n. 81, 520 kg.–, un toro berrendo en negro alunarado, con clase y fijeza pero sin mucho motor. Sin embargo, tampoco parece que el guanajuatense esté dispuesto a despeinarse de más, un defecto que dificulta la conexión con el público de esta nueva etapa.


Diego Silveti con la diestra

Con el cuarto de la tarde, Ilusión –n. 114, 485 kg.–, chorreado en verdugo, inició la venida a menos de la tarde. Debilidad y sosería le complicaron todavía más la conexión con el público al ya más bien maduro torero de dinastía. Bernadinas con el primero, manoletinas con el segundo, previas a dos estocadas enteras y defectuosas.

Diego puso el desorden y revivió al mil veces maldito toro de regalo. El séptimo fue de Xajay, bautizado Sombrerito –n. 39, 501 kg–, un animal tan serio como áspero y enterado, con el que Diego estuvo digno, considerando sus pocas dotes de torero poderoso. La gente le trató respetuosamente y lo despidió con cálidos aplausos.

Andrés Roca Rey no termina por llegar a los tendidos de La México, no por incapacidad, sino por su corte, por su concepto. No cabe duda de que la idea taurina del peruano es de mucha entrega, de valor y aguante. Sin embargo es un valor un tanto frío, quizás sobrado técnicamente, basado un tanto en la seguridad de las facultades físicas y la solidez técnica. Estas características pueden ser todo un choque idiosincrático, en el sentido en que la entrega a la manera mexicana es de una profunda sensibilidad. Es una entrega de sentimiento puro, y en algunos casos, hasta de profunda fragilidad y vulnerabilidad, como Silverio Pérez o el propio David Silveti. En ese sentido, el alarde técnico del arrimón dice poco, sobre todo si no hay temple ni largueza.

La faena al bellísimo chorreado Cazador –n. 106, 520 kg.– se perdió entre alardes de valor y de recursos justo cuando el arte y el sentimiento debieron redondearla como una pieza sólida. Los cambiados por la espalda del inicio, impactantes, entraron muy bien en la faena, ligados con los derechazos de mano baja. Sin embargo, lo mejor del peruano vino en tres naturales enormes, que adelantaban que el toro rompería por ese lado, a pesar de los extraños que hizo en la brionesa que remató el quite, que fue por saltilleras. A partir de ese momento, Roca Rey se desdibujó entre procedimientos desordenados, formas toscas, revolucionadas, y que en poco respondieron a lo que el propio torero nos mostró del toro.

En consecuencia, las opiniones comenzaron a polarizarse entre aquellos que respaldaron los procedimientos del torero, y quienes le recriminaron el desorden en su actuación. Pero en fin, para frustración del respetable, después de que todo apuntaba para que la faena crecería por ese lado, no vimos ni un solo natural más, ni esbozo, ni intento, ni sugerencia del mismo. Una lástima, pues la desilusión se generalizó con el postrero rosario de pinchazos, y la consiguiente división de opiniones.


El peruano, valiente y con técniva

El momento más tenso de la tarde entre torero y afición vino tras la lidia del quinto del festejo. Joyero –n. 71, 480 kg.– le pidió los papeles al joven peruano, que sinceramente hizo poco más que quitarse de enfrente al negro zaino.

Empujado por el público regaló al octavo, Alquimista –n. 147, 519 kg.–. Con este toro se reafirmó como estupendo capotero, pinturero en la media y largo en la gaonera, así como estrujante en la saltillera. La faena de muleta fue otra vez irregular, entre el in crecendo del toreo templado, ligado en redondo y por abajo, y el cambio de procedimientos sin éxito. Menos revoluciones y atropellamientos le hubiesen valido dos faenas posiblemente de orejas, y no una tarde de claroscuros. Hubo más pinchazos, y más posiciones encontradas sobre el peruano.

Luis David Adame es otro chico al que no le han permitido desarrollarse con la claridad necesaria para encontrar su expresión como torero. El absurdo ha llegado al límite de que el joven hidrocálido amaga con dejar de anunciarse con su apellido, para quedarse simplemente como Luis David. El espejo de su hermano es un caramelo envenenado, del que debe prescindir inmediatamente si quiere trascender como torero. Pero deshacerse de su propio apellido parece más un alarde de desesperación, de querer y no poder, que de acciones reales en ese sentido. Poco le vimos con el primero de su lote, Artista –n. 96, 489 kg.–, un toro sin mucha clase ante el que el chamaco lució frio y encimista. La afición le tuvo poca paciencia.

Guajiro –n. 120, 519 kg.– fue un toro tan imponente como feo de hechuras, muy grande por delante y brocho. Le quitó por zapopinas, tragándose el burel las primeras dos, pero definitivamente probón después. El sexto de la tarde tampoco le permitió el ya trillado inicio cambiándoselo por la espalda, en el que quedó ligeramente atravesado y además adelantó la suerte, dejándole mucha luz al de La Joya. Aunque cayó muy mal con las rodillas, felizmente pudo continuar en la plaza.


Luis David se gusta

Del resto de la faena es menester señalar que el mediano de los Adame es un muchacho que hace el toreo muy personal. No se parece y no tiene por qué parecerse al hermano. Se gusta mucho, siente el toreo, con estética, con calidad, gusta de cargar la suerte, y hace la suerte con mucho empaque. Quien lo aleje de ese camino en su entorno, sea cual sea su relación con él, es nocivo para el desarrollo de su expresión y personalidad como torero. Mató muy entregado, y cortó una oreja que ha levantado polémica, pero que juzgo merecida.

En conclusión, pareciera que no queremos entender a los toreros de los grandes emporios taurinos de la actualidad, y que ellos tampoco quieren entendernos como afición. Tal vez la formación de los toreros conforme a fórmulas sea muy eficaz en términos generales. Pero es notorio cuando, en vez de continuar por la misma linea, Roca Rey parte sus faenas en dos partes, o cómo Luis David Adame encuentra su mejor versión cuando se desata de la sombra de su hermano. La Plaza México siempre agradecerá más lo segundo, la expresión personal y la creación honesta, que lo primero.

¿Vale más una buena tarde en México que doscientas orejas en provincia? Tal vez en ello radica la subsistencia de un modelo que provoca que los toreros lleguen a Insurgentes con un palmarés lleno de triunfos, y aquí no den una. En lo que respecta a los toreros extranjeros, como Roca Rey, la sutil diferencia de entendimiento del toreo puede complicar bastante la incursión en La México, incluso en comparación con el resto del país.

 
     
   
     
   
     

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