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01/04/2018
  (Ciudad de México) ¡Apoteosis en La México! Héctor Gutiérrez e 'Izquierda de Oro' de Guadiana, amalgamados en tremenda faena
 
Firma: Jorge Eduardo
 
     
 

Quinta novillada, cuarta con caballos, de la Temporada Chica “Soñadores de Gloria” 2018 en la Monumental Plaza de toros México. Se lidiaron seis novillos de Guadiana, que cumplieron de presencia, y dieron buen juego. Destacaron el tercero de la tarde, que recibió el arrastre lento, y el sexto, indultado. El astado se llama Izquierda de oro –n. 109, 425 kg.–. El coso registró una entrada pobrísima en tarde muy cálida y soleada. Actuaron los siguientes novilleros:

Fernando Flores: ovación, y vuelta por su cuenta protestada.

Iván Hernández: ovación, y pitos tras tres avisos.

Héctor Gutiérrez: ovación, y vuelta al ruedo tras indultar.

Saludaron en el tercio Diego Martínez y Héctor García tras poner banderillas al tercero y al sexto de la tarde respectivamente.


Foto: @LaPlazaMéxico

No cabe duda de que ofrecer una temporada de novilladas en la Plaza México es un galimatías notable en el tiempo actual por muchas razones. La torería y los valores de la fiesta brava están notablemente diluidos, y los chicos que quieren ser toreros atraviesan un duro camino, penoso y lleno de obstáculos. En muchas zonas del país, pero sobre todo en el centro de México, otrora semillero incansable de toreros, ahora escasean los chicos con el gusanito de salirle al toro. Adicionalmente, la temporada de novilladas de la monumental acarreó por muchos años de una pésima gestión empresarial, que la nueva administración del coso ha rectificado en forma de un proyecto novilleril serio. Sin embargo, la más que desastrosa gestión publicitaria y de difusión de los festejos menores en La México es un mal “transgerencial”, que TauroPlaza México no ha logrado revertir en sus tres temporadas al frente del embudo. Así queda una larga lista de cosas por re-pensar en el aspecto empresarial, en una situación agudizada muy duramente por la falta de un palo, de un golpe taurino, de un novillero sensación. En términos generales, un terrible panorama reflejado en los tendidos desolados del gran coso.

Sin embargo, cuando más oscuro es el panorama, cuando más vacíos están los tendidos, y cuando menos se espera, aparece el viento de cambio, y renace la esperanza. Perdonarán, amigos lectores, que se altere el orden de antigüedad y de lidia en la presente crónica, pero bien vale la pena reseñar la faena del joven Héctor Gutiérrez. Y por supuesto, el juego de Izquierda de Oro –n. 109, enero del 2015, 425 kg.–, sexto de la tarde de Armando Guadiana, herrado a fuego con el legendario hierro de don Jesús Cabrera, y que vaya que hizo honor a su nombre. La lidia comenzó con un dubitativo inicio del astado, que el novillero recibió bregando con oficio y eficacia, pero con poco lucimiento. El novillo acudió a la vara con prontitud, y recargó en la misma, aunque sin gran celo. Carlos Ibarra señaló un puyazo en excelente colocación, sujetando la reunión con limpieza, y sin barrenar. En banderillas lució grandemente Héctor García ante la prontitud y alegría del astado zacatecano, mientras que Marco Dones clavó un solo palo limpiamente. Roberto Huerta se encargó de la brega.

Tras de brindar a su compañero Iván Hernández, comenzó el concierto gutierrista. El chico es alto, muy delgado, y además con una extraña flexibilidad, lo que le permite torear muy largo. Su buen gusto y su concepto taurino le permiten sobreponerse a las formas de su cuerpo que le hacen lucir retorcido. En todo caso, eso lo de menos cuando desde el inicio mismo de faena se gustó caminando y recortando por delante, augurando una buena labor para una concurrencia que quería verlo. A la hora de correr la mano todo fue in crescendo, derechazos muy ligados, descubriendo poco a poco el son y la largueza de la embestida de Izquierda de Oro, que además tenía un viaje muy largo. El hidrocálido pudo templarse de inmediato para torear desde aquí hasta allá, como gusta en La México, el toreo del sentimiento mexicano. Un trincherazo tan malogrado por el enganchón como soberbiamente planteado y deletreado fue el primer aviso de que estábamos en la antesala de algo grande.

Aunque ya la gente estaba metida en la faena, esta reventó con el toreo al natural. ¡Qué naturales hombre! Qué torería, qué gusto, qué empaque, qué temple, qué ligazón, y qué pinturas rematando por bajo. Tandas largas, ligadas, desbordadas, con mucha dimensión en el trazo, justo lo necesario para torear en México. El novillero lució a la res de largo por ese pitón, comenzando las especulaciones sobre la posibilidad del indulto. El novillito, por su parte, dio lo mejor de sí empleándose de largo, embistiendo con emotividad y codicia, emocionando al público. Por el lado derecho se quedó un poquito más corto el inmejorablemente bautizado como Izquierda de Oro. No obstante, el utrero mantuvo su codicia y emotividad, pero la calidad se siguió desbordando por el lado izquierdo, en el que cada pase fue una pintura, lo mismo los naturales, que los de pecho, y los remates por abajo.

Vimos más adelante cambiados de mano, muy ligados el toreo por alto con las suertes por derecho, y después las que sin duda fueron las mejores tandas de derechazos de la faena, con el toro embistiendo como si fuera de cuerda tras de unos setenta muletazos. Un novillo extraordinario por su prontitud, por su alegría, por su codicia, por su duración, por su fijeza, por su calidad por el izquierdo, y por su forma de romper por el derecho, en resumen por su estupendo juego. Aunque un novillero con el rabo en las manos, como no ha ocurrido desde 1987, sería mucho más significativo para la fiesta que un indulto, lo cierto es que caben pocas dudas: el de Guadiana es un toro de vacas. Pero qué sería de Izquierda de Oro sin la estupenda labor de Héctor Gutiérrez, que todavía se dio el lujo de torear por detalles excelsos, torerísimos, sin chabacanerías, unos ayudados por alto y por bajo andando hacia los toriles de auténtico cartel, cromos en sí mismos. Una faena de rabo en verdad.

Bendito el toreo, además, con tanta verdad, descargado de la horrenda costumbre generalizada en los novilleros del desplante excesivo, del autojaleo. Como contraparte y diferencia del resto surge la seriedad de un chamaco con un estupendo concepto. Como siga por esa línea, cuidado todos. Ojalá sepa mantener su distancia de las tendencias actuales, demasiado generalizadas, profundamente aburridas, y que además son poco menos que insultantes para una plaza como México, aunque esté vacía.

Sin embargo, todo se esbozó desde la lidia del tercero de la función. Ahí les voy –n. 7, 430 kg.–, mejor presentado que el del indulto. Fue otro novillo que se dejó meter mano. Hizo por saltar de salida en la puerta de cuadrillas, antes de que Gutiérrez lo recibiera por verónicas. Lances mecidos, muy templados, sabrosos, y bien rematados con revolera y brionesa. El buen quite por chicuelinas, que aunque sin encender definitivamente, llamó la atención de la gente. Otro buen detalle a contraestilo de la coba grosera que se permiten muchos toreros, lo mismo españoles que nacionales en la actualidad, fue el de hacer caso omiso de la posición de la montera en el suelo tras brindar a todo el público. Estuvo fiel a su concepto llevando con largueza y templando las embestidas del novillo. Sin embargo, la res no tuvo la transmisión ni la calidad del otro, aunque sin duda fue bastante potable, con repetición. Gutiérrez pudo extraer algunos muletazos muy destacados en series de buena ligazón por ambos pitones, y sus personalísimos remates por bajo. Al tirarse  a matar se le fue la mano caída producto de un tropiezo, y seguramente perdió una oreja, que cambió por la vuelta al ruedo.

Volviendo a la lidia ordinaria, abrió plaza el español Fernando Flores, que prometió con su inicio de faena por doblones ante Pejemonas –n. 101, 424 kg.–, que manseó de salida, pero se fijó en la muleta. A pesar de su notoria formación técnica y su solvencia, vino definitivamente a menos con su revolución al torear, y su falta de reposo y temple. Remató su magra labor toreando sin ayudado y una buena estocada. Completó su lote Armillita –n. 117, 438 kg.–, con el que otra vez estuvo correctito y simplón ante un buen novillo. Mucho desplante y mucho jaleo antes de caer en el sobado recurso de las bernadinas, de las que no salió sin un susto. Mató de estocada entera, y salió al tercio muy para sí mismo, antes de robarse una vuelta al ruedo bastante raterona y ridículamente conformista, fuertemente protestada.

Iván Hernández tuvo una tarde muy cuesta arriba. Primero mostró firmeza y valor ante Torolovich –n. 110, 420 kg.–, aguantando mucho a un novillo que se quedaba con la cara alta. No obstante que también exhibió algunas deficiencias técnicas importantes que, desafortunadamente, no tapa el valor. Mató con eficacia y fue ovacionado. Triunfador n. 90, 435 kg.– hizo quinto de la tarde, y fue un novillo de mejor condición que el que echaron por delante. El joven hidrocálido no pudo acomodarse ni tomar la distancia, en una labor más bien extraviada del segundo espada. Se tiró a matar con poca decisión e inseguridad, por lo que, irremediablemente, le tocaron los tres avisos ante el respeto de la gente, que se mostró comprensiva.

En conclusión, el galimatías empresarial de la temporada novilleril lo es bastante menos en tanto que, si todo sale bien, se puede consolidar un producto sólido que le de contenido al planteamiento empresarial del espectáculo, y a una mejora hipotética de la promoción y publicidad. En pocas palabras: ¡Tenemos un torero en ciernes! Uno que, si continúa su crecimiento sin traicionarse a sí mismo, sin escuchar el canto de los cisnes venenosos que rodean a nuestros toreros, y que les suben a los malditos ladrillos de los que tanto duele caer, será profundamente del gusto de la Plaza México. Ánimo aficionados, ánimo empresa, ánimo torero, ahí está el reto de seguir haciendo las cosas bien.            

 
     
   
     
   
     

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