Sobre los tendidos vacíos de la plaza de toros de Las Ventas y en el día de hoy, atronador como siempre, aparece un vozarrón que dirigiéndose al palco presidencial, con inusitada constancia y precisa oportunidad, reclama algo muy parecido a una queja: ¿A quién defiende la Autoridad?.

Cuando en San Isidro den las siete, en ese tendido 7 no nos acompañará Salva
Solo es ya la memoria quien sostiene ese grito de guerra de la afición de Madrid. Su ejecutor, su persistente vocero, se ha ido para siempre. Salvador Valverde, Salvita para quienes le conocieron desde muy joven, deja su escaño y su potente voz, que quedará en el recuerdo de todos los aficionados.
Hace ya muchos años, instalado como joven en la andanada, fue el látigo que fustigaba cada tarde los desmanes que se producían en el ruedo. Los veteranos jubilados, que eran vecinos de localidad, sufrían en sus tímpanos las voces de aquel chaval tan disconforme con lo que avistaba en la plaza. Eran los inicios de un aficionado exigente y cabal.
Pero fue en el tendido siete donde, tiempo después, ganó el sitio de aficionado fetén. Exigente como ninguno, mostraba sus quejas a lo largo de cada uno de los festejos que presenciaba, que eran casi todos en la temporada venteña. Su misión como aficionado de los de verdad no era aplaudir cuanto se hiciera, bueno o malo, sino discernir cada momento para poder censurar o sentirse gratificado con lo sucedido y entonces si tocaba alabar. Eso, que debería ser la norma de un buen aficionado y que tanto disgusta a quienes solo quieren espectadores que batan palmas.
De cuanto sucedía en la plaza, procedía un análisis que hacía en tiempo real, no al final como gusta decir a los taurinos. Y eran tantas las veces que había que reclamar, que eso hacía. Dirigía su mirada hacia quien era, y es, responsable de muchas de las cosas que hay que cumplir con el reglamento en la mano y a voz en grito se preguntaba: ¿A quién defiende la Autoridad?.
Retumbaba la famosa pregunta en el aire, abriéndose paso entre el griterío común de la plaza, pero no obtenía respuesta nunca. Pasaron los años, ha dejado de existir el buen aficionado Salva y sigue sin respuesta su pregunta. Hay quien dice saberla, o imaginarla, pero pregunta tan persistente y en público se ha quedado sin respuesta al día de hoy.
Ahora, en este mes de febrero, cuando faltan días para que los toros aparezcan por el ruedo venteño, de lo alto del tejadillo de la plaza sale ese grito de esperanza para con toda la Fiesta. Es en su honor y recuerdo, pero también en correlación con lo que se necesita, más que nunca, en nuestra perseguida Fiesta. Nunca él con la pregunta la persiguió, solo buscó respuestas para afianzarla. Era maldito para unos pocos interesados y, sin embargo, ejemplo de afición para una gran mayoría silenciosa que confiaban en él para representarles.
Cuando comiencen los festejos de este año se le echará de menos -ya sucedía cuando la enfermedad en los últimos tiempos no le dejaba asistir- y el grito dejará de oírse, pero es de suponer que alguna pancarta lo exhiba, lo recuerde. Sería un homenaje a su memoria y una necesidad para cuando haga falta pronunciarse en esa dirección.
Descanse en paz su cuerpo, ya que su espíritu de exigencia permanecerá vivo en la plaza entre los buenos aficionados.