Confirmaba Diego Silveti su alternativa en Madrid y no pudo reeditar sus éxitos de este invierno en México, entre los cuales no podemos olvidar su bellísima faena en el coso capitalino al cortar un rabo en una faena inolvidable. Cierto que en Madrid todo es distinto; y mira que se lo pusieron aparentemente fácil; cuando menos, todo de “lujo”, especialmente los toros. Sin embargo, todo lo que parecía de dulce se tornó muy agrio. Un Cuvillo y un Santiago Domecq no encontraron acomodo para con David Silveti y todo quedó en tibios aplausos. Como pudimos ver, la tremenda voluntad de Diego Silveti no le sirvió para nada.

Confirmó un torero de dinastía y ahí quedó todo. Sigue la feria y falta la fiera
Nadie dudará de la disposición de Sebastián Castella. Sus hechos lo dicen todo. Reapareció tras la cornada que sufriera en esta misma plaza siete días antes, todo un gesto de pundonor. Cierto que la corrida era mirada con lupa porque no tenía argumentos válidos para ser considerada como tal. Un ejemplo es el siguiente; si el segundo toro de Castella, su comportamiento, en vez de ser de Cuvillo hubiera sido de Fuente Ymbro, Castella hubiera logrado un triunfo de apoteosis; pero si el aficionado mira al toro como la “tonta del bote” difícilmente se puede triunfar y, sin duda, si llega a matar bien le dan una oreja, de eso no me cabe duda; oreja que le hubieran protestado desde el siete, pero en sus manos hubiera caído.
Ante esa floja corrida tan deseada por las figuras, de haber podido llevarse a cabo un milagro, sólo David Silveti, el padre del confirmante, con su misterio y con su magia hubiera logrado triunfar; lo de Silveti eran tan grande que lograba eclipsar al toro. Pero Daniel Luque no tiene nada que ver con la dinastía Silveti, ni con nadie. Se trata de uno que pega pases hasta el hastío; uno más de los “tres mil doscientos” que existen en el escalafón; un trabajador que ha adquirido oficio, ha caído muy bien a sus jefes y lo han nombrado encargado de la sección.
Lo dicho, mientras no exista un toro con verdadera casta, con sensación de peligro, donde haya que lidiar, someter y convencer, todo quedará parodiado. Madrid merece un respeto, es la única plaza del mundo que se llena y si un día se cansan estos aficionados ya podemos clausurar la fiesta para siempre. Y eso está a la vuelta de la esquina.