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Lázaro Echegaray  
  España [ 09/08/2012 ]  
LA OTRA CRISIS DE LA FIESTA
Dicen que ha sido la crisis la que ha hecho que muchas ferias se hayan visto obligadas a reducir el número de festejos. A las ferias les ha pasado como a los españoles en general: durante los últimos años hemos pensado que todo el campo es orégano y nosotros los privilegiados que teníamos derecho a recogerlo. La tendencia en la programación de las corridas de toros era al alza. Cualquier feria que se preciara, y hasta las que no, quería presumir de aumentar el número de festejos, de crecer que se decía. Es probable que éste haya sido el mal endémico de la fiesta, una de sus sentencias de muerte ya que los efectos generados no encontrarán solución pese a que sea la crisis la que venga a poner a cada uno en su sitio.

La proliferación del número de festejos no sirvió para que todos los toreros encontraran oportunidades para torear. Sirvió para que los mismos de siempre tuvieran más tardes en cada feria y pudieran cobrar más. Era el efecto creado por ese sistema taylorista del mundo en general en el que la producción debía ser cada vez mayor aunque el producto resultara cada vez peor. El sistema se inscribía, y se inscribe, en la lógica creada por el acaparamiento en una única persona de los distintos estamentos del toreo. A la figura del apoderado-empresario-ganadero le venía muy bien el aumento de festejos porque así encontraba más lugares en los que colocar no solo sus productos sino también los de sus compañeros de profesión con los que luego cambiaría cromos. 

En esta situación un gran número de toreros, de los que se dicen privilegiados, tenía la posibilidad de quedar contratado para un montón de festejos. Nunca tantos toreros torearon tantas corridas como sucedía en los tiempos de la abundancia. A los toreros y a sus mentores les pasó como al resto de los españoles: se llegaron a creer las mentiras que ellos mismos habían fabricado. El hablar de los famosos ‘records’ de corridas toreadas pasó a ser un tópico pues todos y cada uno de ellos ostentaban su récord personal, que no se diferenciaba casi del de su vecino de burladero. Crearon un sistema ficticio y pensaron que les correspondía por derecho, por ser el grupo de los elegidos, de los privilegiados. Personalmente no considero un privilegiado a nadie que viva de desnaturalizar su oficio. 

Pero el verdadero problema llegaba con lo que el sistema exigía en cuanto a la verdad del toreo, la lucha del hombre con el toro. En primer lugar hacía falta mucho toro como materia prima para dar de comer a tanto espectáculo. Obviamente el sistema no admitía que los privilegiados fueran cayendo en las plazas en las que torearan pues eso significaría una quiebra del mecanismo que lo movía. Había que buscar el toro para todos los días, el toro como animal doméstico, como animal de compañía. Era el momento para que el que no tuviera ganadería la creara siempre y cuando renunciara a aspectos tan desagradables como el de los encastes fundacionales o los hierros incómodos. El toro tenía que pasar a ser colaborador porque sólo con su colaboración se podían mantener estas carreras trepidantes que por otro lado no tenían importancia si no rebosaban de éxitos. Claro quedaba que para cantar los éxitos había que hablar con los publicistas, y llamarlos periodistas. Pero ni siquiera los voceros podrían trucar sus crónicas si tarde tras tarde los toreros no se imponían. El campo empezó a llenarse de hierros nuevos, de gente que más que de campo entendía de cemento, y de dinero, gente a quienes el toro como tal les importaba tres cominos. Aquellos otros que sí tenían una tradición ganadera vieron como los veedores entraban en sus casas con planes de futuro. Hubo quienes les abrieron las puertas y quienes decidieron que el toro y la ganaderia eran algo demasiado serio, demasiado íntimo para dejarlo en manos de los especuladores. Con estos últimos ganaderos son con los que nos identificamos los aficionados.

Hoy el número de festejos de las ferias está cayendo. Pero eso no significa que con ellos caigan también todas esas ganaderías y hierros creados en los tiempos de bonanza. Cierto que desaparecerán algunos hierros de los nuevos y muy pocos de los tradicionales toros artistas. Pero mientras la triada apoderado-ganadero-empresario siga funcionando, todo seguirá estando como hasta ahora. Quizás con el inconveniente de que sean los hierros para el aficionado los que se vean más perjudicados aún. 
 
   
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