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Lázaro Echegaray  
  España [ 07/04/2017 ]  
TRANFORMISTAS
Los toros y la cultura, la producción cultural. El tema vuelve a salir  a la palestra -¿alguna vez se ha alejado de ella?- con motivo de la muestra del Guernica de Picasso, una vez que se han cumplido ochenta años tras su muestra en París, Exposición Internacional. Esta muestra ha generado determinados comentarios e interpretaciones que lejos de ser verdades enteras, verdades a medias o mentiras con importancia, vienen a marcar de nuevo la actitud tendenciosa de todo español o española que se precie, la necesidad imperiosa que tenemos aquí de adaptar todo a nuestro punto de vista, de convertirlo todo en materia que defienda nuestra ideología. Ha sido inaugurar la muestra y empezar a florecer interpretaciones, a cual más partidista. Paco March lo explica muy bien en su artículo de Burladero: mientras los antitaurinos quisieron eliminar la afición a los toros de Goya y convertir los motivos taurinos de su obra en una reivindicación de la barbarie –en esta columna ya nos hicimos eco de ello-, hoy los protaurinos intentan convertir el Guernica en una plaza de toros.  Son simples interpretaciones que de alguna manera se inscriben dentro del viejo concepto de las dos Españas. 

No obstante, existe un cierto cinismo cuando se hace el análisis de la relación entre los toros y la cultura. No acostumbrado a tener que justificar sus preferencias –pese a que las proclamas antitaurinas existen desde la noche de los tiempos-, los taurinos encontraron una defensa de baja intensidad en la relación que ha existido entre grandes artistas y los toros. Por manidos, no es necesario hablar ahora de Goya, Hemingway, Cocteau, Hernández – que también está de aniversario- y Picasso entre otros muchos. Y ahora se trata de tema de filiaciones. Por un lado hay aficionados que desde posiciones muy encontradas defienden la fiesta de los toros como fiesta nacional –también a ellos se refiere March-, la alinean dentro de una idea concreta de la patria y de la política y no tienen reparos en apoyarse en estas grandes personalidades que, por otra parte, defendieron posturas ideológicas totalmente diferentes a la que defienden los ‘próceres’ de la tauromaquia. Picasso, Hernández o Hemingway… al desarrollar sus obras, estos artistas no sabían que estas iban a ser un arma arrojadiza en el viejo y gastado ruedo nacional. Tampoco sabían que los que las arrojaran serían los mismos que les señalaban la puerta de salida en la línea de la frontera, en el mejor de los casos.

En el otro lado están los detractores del toreo. Aquellos que destrozan algo que no comprenden. Castilla miserable, ayer dominadora… No son conscientes de hasta qué punto la vieja España vive en ellos y es complicado que lo lleguen a saber nunca pues en el proceso de hacerse con una cultura material eliminan de su lista de ejemplares todo autor que haya escrito lo que a ellos no les gusta leer. Vaga cultura te haces de esa manera. Esta gente desarrolló una respuesta defensiva, u ofensiva, para cuando los aficionados se agarraban a las personalidades artísticas y culturales que defendían el toreo. El hecho de que uno haya sido un gran autor no quiere decir que tenga que ser una gran persona. Hablaban de Céline, que viajó al Fin de la noche con una prosa maravillosa a pesar de tener una ideología deleznable. Lo que opinaran los artistas en materia de toros no demostraba nada ¿O sí? Porque de pronto empieza a haber una preocupación, un volverse hacia los artistas en cuestión y cuestionar, valga la redundancia, su afición al toreo. Han empezado con Goya, a quien en su entorno debían de llamar Don Francisco el de los toros por mera casualidad, a quien  convierten ahora en otro más de la causa contra el toro. De pronto, la tendencia del autor empieza a importar ¿Era un indeseable cuando le gustaban los toros y una bella persona cuando no? Entre los que andaban en la guerra de Goya y de la famosa exposición los hay que para hacer su cante han bebido en las fuentes de verdaderos aficionados  a quienes podrían negar esa cualidad así les interese a ellos. Yo no me imagino a un Morente o a un Hernández sin tauromaquia.

No hace falta recurrir a los artistas para determinar si los toros son o no cultura. En la senda de ese camino los aficionados ya perdimos la batalla porque enfrente tenemos a gente que deja que su obsesión domine el sentido común. Los toros son cultura precisamente por esto. Porque llevan más de seiscientos años dividiendo a un pueblo al que tanto le gusta dividirse que ha generado sus propios patrones para ello. Porque andamos a vueltas con ellos por los siglos de los siglos, lo que indica que están en nuestro ADN, seas o no aficionado. 
 
   
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