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Lázaro Echegaray  
  España [ 18/01/2019 ]  
ALCALDE DE OLOT POR LA GRACIA DE DIOS
Que español es eso de saltarnos la ley, incluso desde las instituciones. Que español eso de decir, “Ya lo puede mandar la ley o el mismísimo Papa de Roma que yo me lo paso por los cojones”. Mira tú por dónde, en eso somos todos iguales, catalanes, vascos, gallegos y andaluces: cuando se trata de pasarnos la ley por el arco del triunfo no hay diferencias étnicas, raciales, idiomáticas o culturales; ahí somos todos iguales. Eso es España. Un territorio de anarquía en el que cada cual considera que puede tomarse la ley por su mano con tal de llevar a cabo  su proyecto, su ideología o cualquier cosa que implique un freno a su libre albedrío.

Esto está sucediendo con el tema de Olot y la vuelta de los toros a Cataluña. El alcalde de la localidad poco menos que viene a decir que a la ley ya le pueden ir dando, que él no se baja del caballo, que no le gustan los toros y en su pueblo no se dan toros. Tiene bajo su mando la gestión de la plaza de toros. No porque le pertenezca sino porque ésta es de titularidad pública. Tiene en su mente la idea de que ellos, su partido y otros amiguetes de esos que son generalmente enemigos pero amigos íntimos cuando se trata de conservar ideología y punto de vista, son una especie privilegiada, una unidad de destino en lo ético y en lo moral, una suerte de civilización sin parangón en la Iberia: ellos no matan toros. Es más, en su casa no se matan toros. Y cuando piensan en su casa piensan en el pueblo en el que gestionan. La ciudadanía les ha dado los votos y ellos los han convertido en pasaporte caciquil y aquí se hace lo que a mí me sale de las pelotas, ah y no lo digo yo, lo dice el pueblo, en este caso el de Olot, dice el alcalde. Uno se pregunta, y de verdad, si es que el hombre éste habrá hecho una encuesta en el pueblo, o un referéndum ahora tan al uso en el territorio, para saber si sus vecinos quieren o no quieren celebrar corridas de toros. Indagando sobre ello vemos que partimos de la misma trampa eterna realizada por la política: al pueblo no se le ha consultado pero como las fuerzas con representación en el ayuntamiento dicen que no les gustan y ellos representan al pueblo, pues es el pueblo el que no quiere. El día que a un sátrapa de estos le dé por decir que en su pueblo no se come la paella, porque de pequeño tuvo una indigestión y le trae malos recuerdos, ya pueden los restaurantes que lo vendan ir quitando el plato del menú.

Cuando uno vota a un alcalde, termina votando también la aceptación de sus fobias y dando campo a la acción que las combate. 

Así que al alcalde de Olot, y a sus compañeros de pleno, no les gusta maltratar a los animales. Prefieren maltratar los derechos de las personas, maltratar la ley, ridiculizar los mandatos que no van con su ideología, y por tanto con la de sus votantes y ya puestos a expandir, la del pueblo entero. Eso sí, cuando pensamos en el futuro de la Cataluña republicana, ninguno somos capaces de ver más allá de un lugar donde se habla el catalán y donde no se matan toros. Nada más les diferenciará. Qué tristeza. 

La cosa es que nos alarmamos, nos escandalizamos ante las declaraciones del alcalde de Olot pero lo hacemos sin darnos cuenta de que si a nivel autonómico se saltan todas las imposiciones de ley y presumen de no cumplirlas cuando de la integridad del Estado se trata, qué no harán cuando de lo que se trate sea de la fiesta brava. En Cataluña, saltarse la ley es ya deporte de políticos, lo practican profusamente, han convertido las instituciones en una pista de subversión, lo cuentan a boca llena, se chulean de ello ante la audiencia mediática. 

No creo que me obliguen a dar toros, dice el alcalde. El caso es que este hombre no debe sentirse obligado. Quiero decir que es él quien pone la barrera y no la ley la que nada contra marea. Él se ve nadando en un mar de imposición pero no se da cuenta de que tiene entre sus manos un inmueble de titularidad pública, fabricado para un uso concreto y que su obligación es utilizarlo y sacar beneficio del mismo. No lo hace por capricho. Se le dice que debe hacerlo, y se siente obligado. Pues bien, se siente obligado porque no quiere cumplir con su obligación, que es la de usar el inmueble y velar por el bienestar del consistorio. En ese bienestar se incluye también la libertad de acción y de elección. El alcalde, como otros tanto políticos de su formación en Cataluña, y de otras formaciones, y de formaciones políticas en España, se ha convertido en un político de esos que antaño se decían ‘por la gracia de Dios’. Desde el cielo, dios le ha tocado con el dedo índice y le ha dotado de una cualidad ética superlativa. Antes de ser alcalde era un simple mortal, ahora es un iluminado que además tiene una vara. Y un iluminado, siempre tiene la razón y representa a su pueblo. 
 
   
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