A nadie se le oculta que en la pasada temporada protagonizó uno de los momentos más noticiables de la misma. José María Manzanares indultó un toro en Sevilla y le lanzó definitivamente al estrellato. Tras de ello ¡¡dos orejas!! en Madrid y salida a hombros, faena curiosamente que a él no le pareció para tanto.
Pocas cosas son más eficaces que tener esos triunfos en esas dos plazas y de forma consecutiva. Si además eres un torero protegido, es decir te lleva alguien con fuerza e influencia (Matilla) es fácil adivinar que se rentabilizarán los triunfos. Los medios toreristas aportarán el resto, ensalzando y resaltando con multitud de calificativos tales gestas.
Tuve ocasión de verle directamente en las dos plazas y, sinceramente, en nada me conmovió. No es que tenga nada en contra del torero pero es la realidad. Ninguna de sus actuaciones me hizo rasgarme la ropa ni siquiera volverme loco aplaudiendo. Tiene el alicantino un aire señorial, de estética no se si rebuscada pero desde luego muy aparente y cuanto hace tiene el don de la suavidad. Factores todos que hacen que sus faenas sean cuando menos bellas.
Pero… ¿son profundas, son auténticas, emocionan, valen lo que se pagan por ellas? A ninguna de estas preguntas le doy respuesta afirmativa. Para mi carecen de todo eso y todo empieza por la falta de enemigo enfrente. Para hacer lo que hace necesita un ‘amigo’ y entonces la conjunción puede estar servida. ¿Podría un bailarín escenificar una obra con una pareja torpe o brusca?, seguramente no. Manzanares lo hace siempre con buena pareja de baile.
Ese es el verdadero truco con el que cuenta el fino torero de Alicante: un adversario tan fino como él. Las ganaderías que lidia, tres o cuatro a lo sumo, perfectamente seleccionadas y de las que no se sale ni equivocándose, le proporcionan garantías de que esos ejemplares le han de salir. No conoceremos la dimensión de este torero si no sale de ese círculo tan cerrado de ganaderías.
Por si fuera poco, para ejecutar tan bello toreo, utiliza cuantas ventajas se le conceden, el público suele ser generoso para con algunos, y desde el abuso del pico pasamos a la pierna super retrasada para que los pases sean más largos, que no más hondos. A la coordinación de movimientos entre toro y torero se le concede el valor del baile bien ejecutado, pero dónde queda el poderle al toro, el someterlo, etc. etc.
El manzanarismo avanza a marchas forzadas y le conceden premios por doquier, aunque a mi me queden tantas y tantas dudas. Llega a tanto ese manzanarismo que hasta este portal, el cronista de Valencia, pasa por alto muchas de las cosas que a los demás exige para cantarle exageradamente, por encima de otros medios más habituados, al de Alicante. Sorpresa grande la falta de exigencia para con esa faena de Fallas, pero es que cuando el triunfalismo avanza, se va llevando a cuantos se ponen a tiro.
Sinceramente creo que el árbol no deja ver el bosque y que esa combinación de suavidad del toro y el torero termina por fascinar aunque no emocione. Por si fuera poco, tampoco caben opciones para variar las faenas, cortadas todas por el mismo patrón. Y es que pasa lo que en el baile de salón, se tiene tan ensayada la pieza que no hay manera de improvisar nada. De la espada no comento nada negativo ya que es una obviedad su capacidad, seguridad y acierto.
Seguirá el manzanarismo campando a sus anchas pero espero, y deseo, que no se lleve por delante a cuantos aficionados tenemos más alto el listón de la exigencia. Por el bien de la fiesta y la defensa de la pluralidad de los encastes, de lo que este torero no se preocupa. Alguno debemos quedar alerta.