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Ya asoma mayo allá a lo lejos, se va abriendo paso entre la lluvia, el viento, el frío, las tardes cálidas de paseo, las colas frente a Las Ventas para renovar los abonos, los vaticinios de si tal o cual torero se pondrá bien para la feria después de un percance, los pronósticos sobre toros y toreros según han salido las cosas en Sevilla y los aficionados aprovechando sus últimas tardes en familia. Vale que se van haciendo a la idea delante de la televisión, pero no es lo mismo; en un momento de apuro aún puede subirse a los niños a las rodillas y hacerles un arrumaco. En la plaza de Madrid, en cambio, el de adelante se te sube en las rodillas y no te apetece ni ponerle buena cara, si acaso pedirle que deje de hablar a voces por el móvil contando la corrida al amigo que está en su casa.
Yo recuerdo que otros años se comentaba con ilusión si sería tal o cuál fecha el día grande, el de la conjunción estelar de Saturno con Júpiter y Venus en la órbita de Virgo, que diera como resultado una corrida rebosante de arte, casta y bravura y al final no pasaba nada, pero pasaban otros días, la esperanza no se perdía casi nunca. ¿Quién decía que esa conjunción planetaria tendría su influjo tres días después con un joven matador que iniciaba su camino en esto? Qué cosas, ni haciendo memoria me acabo de creer que pasaran estas cosas. Ahora bastante tienes los abonados de Madrid con intentar colocar los abonos que le sobran, esperando que algún alma caritativa quiera meterse entre pecho y espalda la feria más larga del mundo. Esos abonos heredados del abuelo, del padre, del tío Fidel, el soltero, de la mamá que acompañaba al papá antes de conocer al nuevo monitor de paddle y de que se divorciaran. En aquel momento, el heredero o el que ganaba el juicio y el abono de los toros era un privilegiado. Rápidamente colocaba los abonos sobrantes y encima quedaba como un señor, un tío generoso al que no le importaba compartir el privilegio de ir a la plaza todas las tardes. A veces, hasta se utilizaban las entradas para repartirlas entre los clientes y dependiendo de la facturación de cada uno, así era la corrida a la que eran invitados. Pero regalas una entrada ahora a un cliente y ya puedes ir pensando en cerrar la empresa, porque como poco, igual te denuncia por acoso y extorsión. Si no algo peor. No me imagino qué pasaría si el regalo es para el día de los Vellosinos, Tejela, Tendero y del Álamo.
Los que vayan a Las Ventas este año intentarán hacerlo de tapadillo. Ni tan siquiera se bajarán en el metro de Ventas, no vaya a ser que… Habrá que bajar andando desde Manuel Becerra o desde El Carmen, así como disimulando, mirando escaparates, como si nos interesara la última moda de ropa femenina de tallas especiales de la acera de los pares, o la tienda de azulejos para piscinas de la de los impares. Lo de la almohadillita esa con asas y a rayas finas y elegantes, ni hablar, o se alquila en la plaza, aunque este año hayan subido, o se lleva uno una de esas de soplar que se desinflan en el segundo tercio irremediablemente. Fuera las gorrillas de visera, esas que te hacían parecer un taurino que acababa de llegar de reseñar una corrida en el campo. Si acaso, y si el sol atiza con contundencia, nos hacemos un gorrito de papel. Así, si alguien nos acusa de venir de los toros, podemos ponérnoslo atravesado, dejar los ojos perdidos en la inmensidad, sacar la lengua de lado y llamar con gritos en francés a una tal Josephine.
Lo de la copita antes o después de la corrida, ni en broma, es el mejor método para cazar pardillos y abonados a las Ventas. Si hay sed, nos tapamos la nariz y bebemos del grifo de los baños de la plaza. Ni se le ocurra a nadie volver a casa en metro leyendo el programa de la corrida; ¡nooo! error, eso no tiene salida posible, porque si dices que has estado en los toros, malo, pero si no, ¿de dónde los has sacado? ¿Lo has cogido del suelo? Entonces ya es lo último, te tildarán de enfermo con el síndrome de Diógenes y lo que es peor, de aficionado a los que todavía se gasta el dinero en ese bochornoso espectáculo en el que ya no hay nada ni medio interesante.
Antes uno, cuando alguien discutía de toros en un bar, podía dejar el café o la copa en la mesa, se levantaba con el índice de la mano derecha en alto y empezaba diciendo: “Yo, que soy abonado de Las Ventas…” A partir de ahí ya no había discusión que valiera. Desde ese momento solo podías hacer una cosa, entregarte a tu público y como si fueras el tribunal supremo de la Tauromaquia, dictabas sentencia sobre, toros, toreros, faenas, ganaderías y todo lo que llevara cuernos, incluido el marido que se quedó con el abono de la mujer que prefirió al monitor de paddle. Porque los abonados de Madrid no necesitaban llevar distintivo alguno, eran distinguidos. Ellos decidían quién le acompañaba a los toros a su “otro abono”, ellos decidían qué tarde de las mil de la feria, eran los jefes.
Ese tesoro que se conservaba como oro en paño, porque aunque este año la cosa no marcha, pero el que viene… Y con esa cantinela llevamos años. Uno porque toreaba José Tomás y ya era aliciente suficiente, otro porque el Morante se había destapado, otro por El Cid, siempre triunfal, pero ya poco queda de eso. Ahora para colocar el abono hay que dar las entradas y un bono hotel para visitar la Ruta de los Dinosaurios en Teruel, La Rioja y Burgos, a ver si así uno se olvida de que llegará un día de mayo en el que, con lágrimas en los ojos y pensando que la separación durará casi un mes, con la almohadilla hinchable bajo el brazo reuniremos a la familia y les diremos “Adiós hijos míos, os llevo en el corazón”. Y encima se pensarán que nos va la marcha.
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