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Quedarse con una sola foto luego de pasar por Nîmes, Madrid y Sevilla -por lo que a lo taurino se refiere-, en tan sólo un par de semanas es prácticamente imposible. Son muchísimos los matices, y por lo tanto, algunos millares de disparos, como para encontrar con facilidad el mejor por encima del resto.
Cruzar el Atlántico para estar en estos tres sitios es casi, o en pleno, el sueño ideal, el cuadro perfecto. ¿Qué hay ahí que tanto atrae? ¿Serán sólo la distancia o las dificultades que implican tantos planes y preparativos para llegar hasta allá? ¿Qué de lo que uno supone, corroborará? ¿Seremos capaces de encontrar una mirada propia, aun cuando el reino virtual nos ha entregado todo a pantallas llenas? Mientras llega ese día, las ilusiones se van acumulando de manera desordenada. Y cuando llega el día, al estar ahí una se encuentra con más, con fotos que nunca imaginó.
He contado en un texto anterior sobre la encerrona de Javier Castaño con los Miuras en Nîmes. Mucho más que una tarde en una feria. En la de Pentecostés, otros toreros cortaron orejas. Los franceses salieron por la Puerta de los Cónsules y otros por la Puerta Grande. Pablo Hermoso de Mendoza, cortó dos rabos en la matinal del lunes 28 por un par de actuaciones plenas, pero aún con ello, quedan por encima muchas fotos de la vespertina del viernes 26. Fotos en las que aparecen sin paréntesis los valores de la tauromaquia.
El Coliseo, que permanece con esta entereza, es una especie de insistencia de la civilización romana como una de las autoras del mundo occidental. Nuestra fiesta, ese día, ahí dentro, se despojó del imperio bajo la potestad de los príncipes. Conservar en los archivos y en la retina, parte de esa gama que hoy se suma a la memoria del anfiteatro, es un tesoro cuyo valor sólo puede tasarse desde su propia esencia.
Una foto narra, sintetiza, exhibe, muestra, lo que físicamente se encuadra en ella, pero, quizás, sobre de esto, la mirada particular de quien estaba detrás del pequeño visor. Una foto conjunta entonces lo objetivo y lo subjetivo en la evidencia de los detalles de los primeros planos, o lo que a primera vista parece estar escondido en la profundidad de campo.
Sevilla, cargada de referencias sensitivas, sólo necesita su nombre, y así, cualquier pretexto florece para hallar la forma de llegar allá. El 7 de junio por la mañana, La Real Maestranza de Caballería aguardaba con el mismo fervor con el que esa ciudad entera esperaba la salida del Corpus de la Catedral. Sólo en una fecha como ésta, luce así: rota su cotidianidad, obsequiosa en sus vestidos, entregada a sus solemnidades. El tiempo prescribe los pasos, pero alcanzar a abrazar unos cuantos versos del sur, invita a querer volver para recoger esos otros instantes que ahí aguardan nuestra llegada.
Entre estas dos ciudades, Las Ventas. El eje. Las explicaciones del por qué Madrid es el referente central de la fiesta sólo se encuentran aquí mismo.
En el intento de firmar un epítome -personal y parcial, cierto, aunque de cara a quien al leer pueda hilvanar el mapa con imágenes-, serían imprescindibles, unas cuantas, y al menos dos. Por ejemplo, el encierro de José Escolar; rescate de esa parte de la tauromaquia, o aún más, del toro bravo genuino, al que las décadas, la fatua actualidad han querido hacerlo desaparecer. Reducir Madrid al mero tamaño de los toros, o al tendido con fama de intransigente, es conferirle apenas el carácter de anécdota. Luego entonces, esa descalificación obra en primera instancia sobre quien la proclama.
Junto con la exigencia del trapío, está también la del toreo cabal, el no dejarse embelecer sólo por avíos con polvos mágicos cuya obra sólo cuadra en el imaginario de los cuentos de hadas. La realidad quizá sea cruel porque exhibe todas las tonalidades, no los colores que uno elige para pintarla más bonita. En Madrid aparecen ambas fotos, pero un sector importante entiende perfectamente la diferencia. Por ello, quizá conseguir la foto del sol y la sombra unificadas sea la más difícil, y al traerlas a casa puede uno presumir de haber presenciado un pedacito de la verdad en la historia del toreo.
Siempre faltarán fotos que documenten el recuerdo, O bien, de escenas que debieron verse. Me refiero particularmente al famoso Florito a quien no pude ver en el ruedo de Las Ventas. Casi un récord que en siete tardes consecutivas no apareciera, aunque debió haberlo hecho en dos: en la Corrida de la Beneficencia y la tarde que lidió Victorino Martín.
 Una foto... la foto Al final de todo este breve recuento, sí elijo una foto. Alguno la censurará porque aparecen mis amigos, y eso dirá, sólo nos importa a nosotros. Sin embargo, es una foto que resumen en apenas unos rostros lo que a diario se encuentra aquí. Un equipo, una familia que busca al escribir, al fotografiar ese objetivo, el compromiso con el aficionado y la verdad. Tres de los ocho países (España, México y Francia que se congregan además en este texto) y los dos continentes taurinos reunidos en Madrid, en Las Ventas, en la Meca. Foto completa que enmarca todo este periplo, y por ello, mi absoluta gratitud.
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