| |
Decir Pamplona y San Fermín equivale a hablar de una fiesta bicolor vestida de blanco y rojo, es pensar en un complejo fenómeno sociológico, que se viene practicando según datos históricos, desde el año 1591 para celebrar al santo patrón de Navarra
En cada verano, durante los días siete y catorce del mes de julio, el pueblo se vuelca y participa de múltiples formas en un festín popular pagano y cristiano, lo suficientemente rico en costumbres y tradiciones que ha sobrevivido a los cambios que conllevan a la modernidad, sorprendiendo y acaparando los ojos del mundo.
Con el cántico entonado tres veces a la pequeña figura alabada que se sitúa en un pequeño altar entre luz de velas, se preparan los corredores, e incluso algunas corredoras, hecho que también ha modificado acertadamente su desarrollo hasta esta época. Así se escucha entre balcones la alegría de fiesta ¡Viva San Fermín!
El conocido cohete “chupinazo” da comienzo a la juerga y el jaleo con todo un programa organizado que incluye, bailes típicos, flamenco, mojigangas que en otros años desfilaron entre la gente, riqueza gastronómica, fuegos artificiales y en especial el atractivo principal de San Fermín, el encierro y la aventura de correrlo, para posteriormente, por la tarde, disfrutar con plenitud de la corrida.
Los orígenes de esta tradición se remontan a la edad media, se habla de los pastores que llevaban los toros desde el campo hasta los sitios más cercanos de Pamplona, mientras la gente del pueblo, ayudaba a dirigir su recorrido hacia la plaza; lo que con el tiempo pasó a ser un complejo desafío previamente organizado.
Este fenómeno social ha atraído personalidades de la talla de Ernest Hemingway, quien presenció estas fechas desde el año de 1923. El escritor al estar seducido por el espectáculo, regresó al lugar ocho veces más para recopilar su experiencia y dar a luz su obra “Fiesta” en la que destaca la presencia en los ruedos de Cayetano Ordóñez, pero que también se suma a la tragedia por presenciar la muerte por asta de toro de un hombre navarro que fue víctima al correr el encierro en 1924. Hemingway se distinguió desde entonces, además de su obra en materia taurina “Muerte en la tarde” por ser un emisario del toreo.
Hoy en día, los medios de comunicación han logrado popularizar aún más estas fiestas, al mostrar al mundo el jolgorio de San Fermín, que se conserva por generaciones, ahí la importancia de que también los niños y jóvenes vivan sus tradiciones y las preserven, las gocen y se nutran de esta parte de su cultura.
La tecnología además transmite en vivo las imágenes que descubren el placer por desafiar el riesgo de las cornamentas de la que gozan los mozos, mientras esa multitud es una enorme fuente de expresión humana que manifiesta la ruptura de la conducta social, en un público totalmente desinhibido. Materia prima para la psicología social, y para muchas manifestaciones artísticas, como el arte que desarrollan los fotógrafos en sus logradas apreciaciones y el trabajo de artistas de otras índoles.
Al paso de cada año los Sanfermines son un derroche de emociones humanas que bañan de adrenalina las calles húmedas y resplandecientes del lugar, mientras los valientes mozos corren y sienten la presencia de los toros que embisten a sus espaldas y los costados de su cuerpo, sintiéndose amenazados por los arriones y derrotes peligrosísimos de sus cornamentas; encunados, empalados, empitonados; pero las pasiones humanas carecen de lógica, el hombre se regocija ante el peligro, el riesgo, y el desafío por su propio azar de muerte.
El tiempo logró arraigar profundamente las costumbres y tradiciones de Navarra, lo que permitió que hoy en día, en medio de un mundo pos moderno y tecnológico, que pareciera detenerse a la reflexión frente a los actos y prácticas de ceremonias con este peculiar matiz, se inquieten algunos sectores que protestan ante la existencia de las corridas de toros y ceremonias que entremezclan lo sagrado y lo profano, mientras la gente año con año se sigue regocijando y espera con júbilo correr el encierro, en esos escasos minutos que parecieran ser eternos para cualquier protagonista de este festín popular, que al mismo tiempo, demuestra la validez de los intereses colectivos por preservar la idiosincrasia del pueblo, que manifiesta el carácter y expresión de sus costumbres.
Diría Ortega y Gasset que por ser actos de significación, son lo suficientemente relevantes como para convertirse en algo masivo. Y así resultan, es sociología pura, la gente se conglomera, se aglutina en una catarsis de verano colectiva hecha algarabía.
La celebración se presenta alrededor de varios factores, como la naturaleza propia de la “Fiesta”, sinónimo de reunión humana, de interacción bajo un fin común: la diversión, que en este caso conjuga lo totémico junto al toro, lo cristiano al venerar al santo Navarro y el jolgorio que se derrama entre un pueblo con naturaleza propia, capaz de conservar sus romerías. La Pamplonada forma parte de un evento enraizado en la conciencia colectiva de las fiestas de España, en medio del rojo pasión, la gente da rienda suelta a su conducta. De manera simbólica el hecho de que los toros corran entre la gente simboliza, la ruptura del orden establecido, como quien dice “el diablo anda suelto”, con un par de astas al aire tratando de tocar la ropa blanca e impoluta de los mozos, que minutos antes pidieron con fervor “A san Fermín venimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición” como si fuera una súplica que justificara el derroche y su atrevimiento de arriesgar la vida y decidirse a cometer un pecado, además de pedir protección al enfrentar a los toros en peligrosas puntas con el peligro que conlleva.
Los corredores enfrentan a esos astados de diferentes pintas que los acechan en un callejón largo que parece interminable en medio de la aprobación colectiva, para después desembocar en la plaza, en ese lugar público que devuelve la fe y el sacrificio ofrecido a San Fermín, lugar de luz tras las tinieblas de la angustia que desgarra las horas matutinas en las que los mozos aprietan con sus manos, a falta de un rosario, sólo un periódico enrollado como único amuleto de seguridad personal.
La fiesta de los pamploneses y sus visitantes muestra sentimientos en los cuales el placer contrapone a la razón; es un ejemplo de la ruptura de los parámetros establecidos en una sociedad, es la representación colectiva que tiñe las calles de alegría, emoción y pasión, que corren cada minuto de manera vertiginosa, en esa carrera resbalosa por el rocío de la mañana que demuestra la terquedad del hombre de vivir junto a los toros en medio de cualquier circunstancia, en este caso de una fiesta, en la que se lleva amarrada al cuello con un pañuelo rojo muy cerca del corazón y vestida de blanco por el alma de su gente y su profunda afición.
¡Gora, Gora, Viva San Fermín!
|
|