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  LOS TAURINOS SOMOS FETICHISTAS  
   Por Mary Carmen CH. Rivadeneyra - México
[ 06/02/2018 ]
 
     
 

Un lunes por la mañana de hace algunos ayeres en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales, mientras revisaba un texto de Émile Durkheim, una compañera de trabajo abrió la puerta con mucha determinación y me preguntó: ¡Mary Carmen! ¿Qué hacen los toreros con los rabos y las orejas que cortan? ¡Menuda pregunta! Mis ojos se abrieron como luna llena, sonreí y le invité un café para platicar ampliamente al respecto. El café acompaña todo, y más para hablar de toros.

La tarde anterior, en la plaza México, se habían cortado apéndices por los tres diestros de manera generosa, ella estaba intrigada. Verás, le dije, las orejas y los rabos, son trofeos que adquieren los toreros por el grado de faena que han desempeñado y van variando de acuerdo a lo que otorgue el juez de plaza, incluso, lo que el público pide. Para ello, existe todo un lenguaje a través de pañuelos blancos o de color. Una oreja, dos orejas, dos orejas y un rabo; incluso en la historia taurina, no me vas a creer, pero le dieron la pata a un toreo mexicano, uno de los nuestros, al matador Fermín Espinosa “Armillita”. ¡Bueno, qué te digo, esa tarde, le entregaron hasta las criadillas del toro!  Esto fue en la plaza de toros de Barcelona, el 26 de julio de 1934. Alternaba con Juan Belmonte y Marcial Lalanda. El toro se llamó “Clavelito” de la ganadería de Vicente Martínez, fue una tarde apoteósica, única, que siempre se recuerda en la historia del toreo. Ella también abrió los ojos como luna, pero del mes de octubre, en un mano a mano conmigo.

¿Pero, qué hacen los toreros con estos retazos de toros? ¡Pues pasa de todo! Las van recopilando a lo largo de su trayectoria taurina; las conservan en solemnes cajas, las regalan al público, a veces las tiran en el mismo ruedo con enojo, porque al otorgárselas fueron protestadas y rechifladas por el mismo público porque creen que no las merecen y tienen división de opiniones, por ello, las guardan en el chaleco de su traje de luces mientras dan la vuelta al ruedo. Otras, el mozo de estoques las echa en la espuerta y viajan con ellos hasta el hotel en donde se vistió el torero, puede ser un par o una, en solitario, claro está. Ocurre que las besan y las lanzan a una maja guapa del tendido de manera galante, otros incluso las enmarcan, en tablas de buena madera.

El toro da trabajo para todos los campos; existen los taxidermistas personas profesionales que se encargan de llevar a cabo otra faena, la de conservar a perpetuidad cada parte de estos finos ejemplares, es decir, le dan un tratamiento especial a las enormes cabezas de toros para inmortalizar a los ejemplares que lograron redondear la tarde de consagración de un torero o torera, rejoneador o rejoneadora, forcados o forcadas, estos especialistas, curten la piel y le dan varios usos. Incluso, yo vi con mis propios ojos en el museo taurino de Córdoba, en España, la piel colgada en una pared del Miura “Islero”, el toro que mató a Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete”. Mientras por otro lado, la cabeza de la vaca madre “Islera” se exhibe en el museo taurino de la plaza de toros de la Maestranza de Sevilla. Esta emblemática ganadería es todo un mito. Dijo el poeta Miguel Herrero: ¡Malaya sea la fama de los toros de Miura!

Me contaba José Luis Tapia, un fino novillero capitalino que debutó en la Plaza México en el año de 1981, que llegó a tener guardadas todas las orejas que cortó en su trayectoria en una bolsa especial; eran varias, y que parecían ratones disecados y peludos. Esa imagen me despertó la imaginación para sentir vivos e inquietos a todo un encierro  de esos “roedores” de pinta en cárdeno, castaños, zainos;  pero todos aquellos “cachos  de orejas”, eran algo más que eso, eran la corona y el recuerdo de varias tardes de triunfos. Cada una hablaba de una faena y una plaza distinta. Un día salieron de la bolsa en solemne comparsa para ver la luz del día y gozar de libertad, pero camino a otro destazadero, a un bote reciclable de desechos.

Toreros y aficionados de cepa, guardamos en el baúl de los recuerdos cientos de fetiches, no solo las extrañas partes de un novillo o toro; que así, tan extraño suena, pero es como en las antiguas tribus africanas, que conforman rituales y merecen todo un estudio antropológico de lo que significan los objetos para cada grupo: plumas, piedras, flechas, pintura. Aquí hay pelaje, alguna piedra, sí, pero de las Arenas de Nîmes, y en lugar de flechas, hay puyas, rejones y hasta sangre seca en una camisa que algún día fue una paloma blanca.

Como las sociedades que celebran rituales en otros continentes, también somos materia prima de un cejudo estudio de las reliquias que atesoramos, todo entorno a nuestro tótem-toro, desde los antiguos boletos y carteles de una acorrida, que antes eran una verdadera joya, y desprendían aroma a pintura fresca de la imprenta que los hacía. Coleccionamos cosas raras e inauditas, como los cinturones de los puros, banderillas amarillentas con hierros oxidados y el papel pegado de sangre añeja, claveles inertes y deshojados, autógrafos de algún torero que incluso ya murió. Tenemos cientos de fotografías, en las plazas, con los protagonistas de la corrida, o con algún famoso y cómplice amigo taurino.

De un ropero pueden salir cosas inimaginables, como el pañuelo de los San Fermines, que cada año atamos al cuello; abanicos de cartón que nos cubrió del tremendo sol de mayo en pleno San Isidro, o uno verdadero de delicadas maderas que canta por alegrías de la misma Sevilla,  un par de pitones para jugar a “echar al toro”. Somos fieles a las revistas taurinas, los recortes en color sepia por el paso de los años, y sin querer, tenemos toda un hemeroteca en casa, ni qué decir del amor por los libros de tauromaquia, también somos bibliófilos. Entre tantos objetos, de pronto asoma una divisa desteñida, un sombrero cordobés, un par de castañuelas, un poster, pero que incluso, lleva nuestro nombre grabado. Una estampa de la virgen de la Macarena, un llavero de Madrid, una calcomanía con el toro de Osborne, un capote en miniatura, arenas en frasquitos de diferentes plazas de toros, y también, por qué no, una oreja toda tiesa, con la ranura del arete que le pusieron en la ganadería como sello distintivo que ha perdido incluso el pelo, que algún día nos regaló un torero después de cortarla una tarde de gran corrida, pero ahí está, y hasta se la enseñamos a los niños, que ven con mucha curiosidad, como si fuera una ala negra de un murciélago, pero no, ¡es un oreja de un toro de lidia!

Así que de manera general, esto es lo que sucede con los retazos de toro. ¡Ni que decir de todo el toro tras su muerte! En general, todas las partes de los astados tienen un simbolismo, pero las orejas, ¡no, bueno, esas tienen una categoría especial! Son con las que sueñan los toreros, siempre expresan: “quisiera esta tarde, poder cortarle las orejas”.

Claro, las hay de “mucho peso” otras son más “livianas” o sólo simbólicas. También dicen los exigentes aficionados: ¡Qué va, se la regalaron! O también los conformes opinan ¡Estuvo cumbre, lo desorejó y se consagró!

Pero son muy valiosas esas orejuelas, auriculares, peludas, coquetas, afelpadas que también portan aretes de colores de la ganadería de su procedencia, que son tibias cuando vivas y gélidas una vez muertas. Ni que decir de un rabo, que es soberbio y culminante; hay quien hasta lo cocina al vino tinto.

Al día siguiente prometí llevar  a nuestra aula de estudios sociológicos la oreja de un toro de pinta zaina, más seca y reseca, tiesa y ex peluda. Esa oreja lleva un recuerdo, no sólo de una tarde de gloria para un torero, es todo un fetiche, que altiva y puntiaguda habita en una caja de madera que algún día fue el hogar de unos exquisitos habanos; misma oreja, con la que jugaron mis niños y pensaron que era de un lobo del bosque, pero que terminaron por condecorar la bravura de un toro de lidia una tarde que jugaron al toro.

 
     
   
 
   
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