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14/06/2017
  (Apizaco-México) El Cielo Tlaxcalteca canta un gran encierro de De Haro
 
Firma: Mary Aguilar
 
     
 

Para mi apoderado, Samuel Aguilar, que me echó a los medios de la plaza muchísimos años antes de nacer. Y para don Antonio de Haro, con gratitud, por la bravura y la  honestidad.

Nacer y vivir en una ciudad taurina como Hidrotermápolis, entre muchas cosas, significa que por toros no se sufre ni se para, de una manera u otra hay cómo calmar las ganas, aunque ya se sabe, los taurinos no conocemos de saciedad. 


Varias ocasiones me hablaron de Tlaxcala. Hasta hace poco más de un mes aguardaba ahí, en la lista de los lugares por conocer, de los “ya será” y que en la mayoría de las ocasiones nunca son porque no nos hacemos el verdadero propósito. No sé en qué momento decidí que no debía postergarlo, supongo, se conjugaron varias cosas: el veneno que me inyecta un tío poblano cada vez que hablamos de toros, el apoyo de mi apoderado -quien me dijo tirara para adelante apenas le comenté sobre la corrida-, estar -por ahora- más cerca geográficamente de dicho lugar, mi último aprendizaje sobre “para luego no hay nada, porque se acaba todo”, y lo más importante, lo que nos mueve a los taurinos: la bravura, esa que aunque debiera, no es requisito en las plazas que frecuento, como la Monumental de Aguascalientes o la México.


Las cuatro semanas previas se desmoronaron entre obligaciones, gustos y esperanza. El sábado 10 de junio de 2017 mi cuerpo se adelantó a la alarma, me lié la ilusión para arrancarme de largo hasta Apizaco. Bendita tierra, bendito el fruto de su duende: Rodolfo Rodríguez “el Pana”, ese viejo calé de los trincherazos que no se ha muerto porque no me da la gana, porque los bravos de bandera son perennidad.


No quise investigar ni indagar sobre el sitio para pisarlo sin predisposición. Llegamos poco antes de la corrida, el sol es intenso pero no me acojona como el de mi terruño; entramos a la plaza justo cuando comienza el paseíllo, escucho un pasodoble dulce, me sabe y me gusta como todo lo que es antiguo, imagino debe ser Cielo Tlaxcalteca, le pregunto a mi compañero de viaje, me lo confirma. El orgullo hidrotermopolitano se me retuerce, la espuerta de mi lado izquierdo se da cuenta, me avisa: es un parteaguas, cual bulería caeré de pie, pero antes, el corazón se me partirá en dos. 


Lamo Nacho, el más guapo del encierro

Nos sentamos con la inmensa alegría de estar donde se quiere, sale el primer guapo de la corrida, Quilombo. Alberto Ortega acusa falta de sitio, naturalmente, sin embargo pinta los doblones de la tarde; se va con la clavícula zafada tras ser prendido por el toro en el piso, lo mata y ahora si decide ir hacia la enfermería.


Echo la vista arriba, el cielo está encapotado. Deseo no llueva y en dado caso ojalá sea breve, pero dios no cumple caprichos; con Veraniego se desborda el llanto, y pese a ello Uriel Moreno “el zapata” cubre el segundo tercio, hace lo que sabe. La lluvia no parece cesar y aunque me da temor se cancele el festejo, entiendo sería lo prudente. Me equivoco. En Tlaxcala se crían toros y personas con bravura, todos aguantan, no puedo sino hacer lo mismo; la corrida sigue, no así mi apunte. Guardo los avíos, uso mis manos para detener el impermeable que generosamente nos comparten.


Con Veraniego rompió en llanto el Cielo Tlaxcalteca.

Ahora están en el ruedo Bletemita y Jerónimo. Se funden en verónicas y chicuelinas; para entonces el agua ya ha llegado a todos los rincones de mi cuerpo, definitivamente llegué tarde a este mundo, mis compañeros dicen “uy si lo hubieras visto de novillero”; al menos estoy a tiempo para disfrutar los trazos largos, el temple y estilo, el ritmo y la torería ante el bravo de De Haro.


Betlemita y la torería de Jerónimo

Después de tres toros bravos no pido más, estoy contenta, porque incluso con uno sólo habría valido la pena lo que hemos aguantado; entonces toca el turno a José Luis Angelino, quien se encuentra con Lamo Nacho; precioso, guapo de ver, encampanado, impresionante cuando se arma. El torero lo hace suyo, para el último tercio todo son olés, pases de unos y de otros, llega el momento culmen de la lidia, el morlaco está entero y Angelino lo mata con dignidad en un estoconazo. Le conceden las orejas y al pasar por el contraburladero de ganaderos se detiene para invitar a Antonio de Haro a dar la vuelta al ruedo, éste a su vez saca a sus hermanos y juntos terminan el recorrido entre los charcos. No cabe de alegría, los aplausos se desgranan para agradecer la bravura.



José Luis Angelino con Lamo Nacho

Aparece el quinto de la tarde, Limpia vidrios, tengo las manos adormecidas, mi gabardina remojada escurre agua; Angelino de Arriaga brega como puede en medio del lodo, el toro provoca un tumbo espectacular, no causa daño al caballo pero levantarlo no será tarea sencilla. El torero se esmera, no puede ligar y lo pasa fatal con el acero.


Cierra plaza y también el aguacero, Oloroso, a quien Alejandro Lima “el mojito” no permite verle mucho, lo intenta pero si plantear una faena es complicado, lo es muchísimo más en esas condiciones, la toledana también lo hace batallar.


Termina el festejo, el mar celeste decide dejar de cantar su alegría, suelta las últimas lágrimas y se despeja poco a poco; tengo las manos entumecidas, las he secado tres veces con papel y aun no puedo usar mi teléfono. Nos encaminamos al patio de cuadrillas para saludar al ganadero, está bañado de gusto, se detiene con quien le solicita platicar; da una entrevista y es nuestro turno. Nos regala unos minutos, sencillo y franco responde a nuestros comentarios, sabe perfectamente de qué va la ganadería, dice: “esto no pasa nunca, la siguiente corrida no va a salir así”. Nos hacen una foto, mi memoria hace otra sobre sus palabras.


La vuelta al ruedo de los ganaderos

Somos niños en día de Reyes, tiramos hacia el centro de Tlaxcala, dejamos los avíos en las paredes que tomaremos prestadas esa noche y sin mirarnos la indumentaria salimos al centro de la ciudad, pasamos primero a por tabaco y después nos quedamos en una pulcata, “La Tlaxcalteca”, para brindar por la tarde de bandera que dieron los cárdenos, bravos, con clase y fuertes para aguantar hasta cinco puyazos.


Salud por el lujo y el milagro de la bravura que con un amor infinito generan los ganaderos, por el esmero y el empeño de criarlos, de apostar y jugársela; salud, por la honestidad de reconocer cuando canta la gallina y no desistir sino continuar.


En definitiva, si Tlaxcala no existiera, tendríamos que inventarla, pintarla en canela y azafrán. Es un hito. Regresar a la realidad no es sencillo,  tampoco lo es correr la tinta, no porque no pude guardar impresiones en papel; escribirla me cuesta trabajo pues desconozco si estoy muriendo o resucitando.


*Fotos: 1, 3, 4 y 5 Ramón Sienra, 2 Humbert

 
     
   
     
   
     

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